8 de noviembre de 2014

Capítulo 21: Es la cerca.


Día 30: Mediodía 


-     Están afuera.
-          Se acabó esta verga.
-          ¿Ya no tenemos mangos?
-          … No.
-          Coño.

    A veces extrañaban el ruido. No solo el estruendo fastidioso de la ciudad, en donde hasta el calor parecía gritar. Extrañaban el ruido de la gente, o no gente, arrastrándose, golpeándose contra las paredes, contra las puertas. Extrañaban el hambre de la lemna queriendo entrar a devorar todo lo que hubiera: Al menos así sabía de donde vienen, en donde están, a donde no correr.

30 días han pasado.

-        Marico. ¿30 días?
-        Sí, loco. 30. 30 no más.
-        ¿Y vos los estabas contando?
-        Verga…

    30 días, en los que las calles se habían ido silenciando hasta llegar al punto en donde estaban hoy. Este terror desconocido para un maracucho, el silencio, se había comido las calles. Por otro lado, uno más amable, hacía al menos una semana que no se encontraban con un lemnoso. Claro, que hacía ya una semana que no salían a buscar qué comer. Lo último que consiguieron, les duró hasta hoy, pero cuando son 3 bocas que alimentar, la ansiedad, y la pobre cultura preventiva devoraban cualquier reserva.

-          ¿En serio no quedan Mangos, gordo?
-          No, beba. No queda nada.

     Los más jóvenes han sido los que más han sobrevivido. Al menos eso creen, quieren creer. Con eso  se justifican. Con algo se tienen que justificar a sí mismos.
Las noches pasan largas, los sueños cortos, los días parecen trancarse, arrancar, trancarse. Todo pasa con una torpeza larga y callada.

-          Marico ¿Te acordáis de Youtube?  
-          Chamo, te voy a agradecer, no me habléis de esa verga.
-          Es que extraño el inter…
-          ¡Loco! ¡De pana…!

    Y nada pasa. Realmente. El silencio gobierna las calles. Días sin saber de nadie, días sin saber del resto de su familia, amigos. Días sin saber de Maracaibo. Al otro lado de la puerta, un cementerio tan largo como las calles de su urbanización cerrada. Ellos fueron los únicos que sobrevivieron. A pesar de todas las precauciones que tomaron los de la urbanización, que tuvieron ventaja de previo conocimiento por vivir en el norte de la ciudad cuando la infección comenzó en el sur, nada sirvió cuando la ola de lemna chocó contra los portones – qué mariquera esos portones, loco. No pueden parar una camioneta que vaya full. ¿De qué nos cuidaban esos marditos? – y devoraron casa por casa. Sólo su casa se salvó. La casa, no sus habitantes. Uno a uno fue convirtiéndose por alguna razón o por otra en lemna, y él, aprieta el puño, hizo lo que pudo. Lo que videojuegos y películas tanto le enseñaron. Sólo él, su hermano y su prima. Al final, sólo él. Y ahora, el hambre.

-          ¿Y el cereal que conseguimos?
-          Te lo comiste.
-          ¿Y las barras?
-          Te las comiste.
-          ¿Todas?
-          Sí.

    Acomoda una bandana en su muñeca. Se rasca la barba. Se levanta del sofá. Va a la puerta. Chequea por el ojo mágico. Sí, en efecto.

-          ¿Están ahí, verdad?
-          Sí.
-          ¿Saben que estamos aquí?
-          No creo.

     El primer lemnoso que han visto en días camina con torpeza por la calle. Era una anciana. Está encorvada, parece artrítica. No debería ser mucho problema. Si tan solo fuera como los primeros días, un golpe en la cabeza con Ryoko y listo. Si tan solo fuera como los primeros días. Pero ahora hay que cuidarse de las chispas de pus, de lemna, de no respirar cerca, y de los mosquitos. Los malditos mosquitos.

- Los marditos zancudos de mierda – dice, mientras toma a Ryoko y la desenvaina para hacerla menos pesada, embolsa una linterna, fósforos, un par de cambios de ropa, y las 3 últimas latas de repelente de mosquitos. Va al baño, y mientras se despide del retrete alcanza ver una toalla. Sonríe. La toma, y también la embolsa. Baja las escaleras, mira a su prima y a su hermano. -Nos fuimos.

Ellos ya estaban listos. Ya sabían que era quedarse y morir de hambre, o tomar la oportunidad.

-          Es solo una vieja.
-          Ja… sí. Una vieja. – dice él.

En la mesa, con las llaves de la casa, su ipod. Estaba apagado para guardar al menos una canción para esta ocasión. Una. Se pone su gorra favorita, audífonos, enciende su ipod, la melodía suave por unos minutos – se acomoda la bandana – revienta en Kurenai.

-          I will do this.

Abre la puerta, la primera luz en días ilumina los kanji en su gorra. 

25 de junio de 2012

Capítulo 20: El procedimiento Ortega III


Día 5: Tarde

Sé un Alejandro Ortega y pregúntate, como es debido: ¿Por qué coño no se mueve la malparida cola? Hace rato se estaba moviendo, te dices,  se estaba moviendo la hijodeputa fila y por clásica ley de Murphy se congeló justo cuando faltaban dos carros para que llegaras para que fuera el turno de ustedes. Presta atención, presta mucha atención a todo lo que sucede. Estás en el carro de tu familia, tu novia en el carro que al que siguen, tus sobrinitos seguros en los brazos de sus padres y tus padres conduciendo, o al menos intentando. Habrían estado todo el día en colas, en desastres, en desordenes estúpidos de gente que no sigue las órdenes de evacuación. Piensas entonces que Maracaibo jamás estuvo preparada para ningún tipo de evacuación, zombi o no. "Verga, menos mal que son zombis, porque si nos coge un terremoto nos agarra confesaos" piensas, con delicadeza, dedicándole un pensado cariño a la madre de todos los gobernantes que han pasado por la zona. 

Baja el vidrio, mira por la ventana, sigue prestando atención. Los dos canales de la autopista están tomados por esta suerte de éxodo. Piensa que no sabes bien de qué nos estamos escapando. Piensa que no sabes si en verdad nos estamos escapando. Concluye que, de cualquier forma, no hay opción. Esta es la mejor opción, estar con tu familia es la mejor opción, decirle a tu papá que no es opción no apagar el reproductor después de la tercera vez que pone el CD de Vicente Fernández es la mejor opción. Aguantar el carajazo también. 

Sigue observando, piensa que no sabes nada de estas alimañas que infestan la ciudad. Piensa que no son muy inteligentes, no son muy rápidos, no son muy nada, pero que no saben más de qué o qué vienen. Piensa, calcula, imagina. Una enfermedad, porque el apocalipsis de la biblia ni a coñazos. "Dios tendría como más estilo." Una enfermedad que los hace muertos vivientes. ¿Muertos vivientes? ¿En realidad están muertos? Sabes, porque sabes, que no están muertos. Pero algo los hace moverse mientras se pudren, algo los hace más fuertes en las, ojalá, últimas horas. Si esto es así ¿Qué pasará después? Si estos bichos no comen ¿Qué pasará? Se morirán, supones. Se tienen que morir o terminar de descomponer, imaginas. Das gracias al sol, porque con el calor las cosas se pudren más rápido, dices. Pero, ¿y si comen? ¿Y si no necesitan comer? ¿Y si son algo más? 

El carro avanza. Al fin, le toca a la familia de tu novia. Frente al carro en el que vas se bajan tu novia, su papá, su mamá y tu cuñada, que llora. ¿Se bajan? ¿Por qué? 

- ¿Y esa vaina? - Pregunta tu papá. 

Te bajas. 

Averiguas. 

Están mandando a bajar a todos los tripulantes de todos los carros. Revisan algo en el carro. Lo aborda un militar y se lo lleva camino al puente. Preguntas a Marly, tu novia. Ella te dice que nada, que no están dejando pasar carros, por riesgo de que algo en el carro lleve la infección, que están guardando las pertenencias en otra parte para agilizar el proceso, que le ponen tu nombre y luego te las envían. ¿A dónde preguntan? Marly se pasa la mano por la frente. Ni quiere responder, y lo sabes. No es momento para ponerse a pensar en las cosas. ¿Pero y el equipo de supervivencia que preparaste? Perro a cagar. 

Ves a tu novia y a su familia montar una camioneta militar. Todavía cabe gente. Quizá no toda tu familia. Pero cabe gente. 

Los mandan a pasar a ustedes. Los revisan, un doctor les ve los ojos, apenas, y dice que están bien. Los manda a subir. Les dice lo que temías: 5 personas. Te haces el loco. Suben a tus padres, a tu hermano y su esposa, y a los niños. Te vas a subir. Una mano te baja. Piensas que en otro momento le habrías clavado los nudillos en la nuca (desde la cara) pero este no es el momento. Quieres que sea el momento, pero no. Te contienes. 

Tus padres arman alboroto, que son una familia, que los niños no hace espacio, que si alguien encima de las piernas de otro, que si nos arrimamos. Ves en a cara de militar la hijueputez concebida. La previenes. Dices: 

- Tranquila, madre. Yo me voy en el próximo. 
- ¡Tío! ¡Tío! - Gritan tus sobrinos. 

Piensas que tus sobrinos saben más que tú y por eso lloran. Lloran porque saben, lo sienten vibrar en sus huesitos, que esto se jodió. Les das un abrazo y sonríes. Con los cojones que te quedan sonríes porque les tienes que hacer sentir, aunque no lo creas, que todo va a estar bien. 

- Todo va a estar bien - dices. 

Arranca el camión camino al puente sobre el lago, se desaparece en el horizonte y empieza a llover. Las gotas se confunden con tus lágrimas. 

Piensa, que sí los puedes volver a encontrar, apenas el camión vuelva y pasen el puente y... ¿Llueve? 

Olvidaste prestar atención. ¿Por qué la gente está gritando, allá en el fondo? Vuelves la mirada al final de la cola y ves una estampida de gente corriendo. Vivos, te aseguras. Los infectados no corren así. ¿Pero por qué corren? ¿Tiroteo? ¿Aquí? 

Sabes que no. 

Sabes por qué corren. 

Sabes que dejaste de prestar atención y ya la camioneta no está, el arco no está, tus manos están desnudas. Volteas al militar y le ves la cara. Lo sabes, ese pantalón que lleva se jodió. Lo ves empuñar su arma, y por un segundo piensas en pedirle la pistola. Luego piensas en quitársela, luego en que deberías dejar de perder el tiempo pensando en tonterías. 

- Pana, ¿no puedo sacar nada de la camioneta? 
- ¿Ah? - El militar estaba lerdo, en pánico, mirando a la marea de gente que se avecinaba. 
- Mijo, la camioneta, que dónde está. 
- ¿Ah? 
- ¡Pila, mijo! ¡La camioneta! ¡Que no hay tiempo! 
- ¿Ah? 

Lo mandas a mamar. Te vas por tu propia cuenta, a trote veloz, a buscar la camioneta. Los militares están idos, no saben si apuntar o no, ni a dónde. No saben qué pasa. Ves la camioneta, pero volteas y te das cuenta: la estampida está por llegar. Si te agarran te aplastan. Te metes en la casilla de seguridad. Dentro un par de militares también están escondidos. Te miran asustados, como pidiendo complicidad. Luego siguen en lo suyo. Tienen un radio: 

- Coño no nos dejen aquí, por favor. No nos dejen aquí. Se lo ruego, capitán. Por favor, por honor a las... - Lo interrumpe una conversación que no logras entender - Capitán, capitán... 
- Ya está hecho.- Entiendes a través de la radio. 

¿Qué coño está hecho? Te preguntas. Segundos después entenderías la respuesta.

La horda de gente intentó pasar por el puente, corriendo, sin prestarles atención a los  militares. Corrían por su vida, escapando del brote de infectados que atacaba la base de la cola. Los militares, afortunadamente, no dispararon contra los civiles, pero esto no justificó lo que hicieron después, piensas. Una explosión, sientes el piso temblar. Más gritos, gente corriendo, nadie piensa lo que tú, nadie mira la casilla de seguridad. La puerta ahora está trancada, la trancaron los militares a los que se les escapa una lágrima. 

- Nos jodimos. Tumbaron el puente. 

Llévate las manos a la frente. Piensa en Marly, en tus sobrinos, en tus padres, en tu hermano. Piensa en ellos, y conserva la calma. Patea el mueble y conserva la calma. Grita maldiciones y conserva la calma. Ahora piensa en lo que está pasando afuera y conserva la calma. 

Gente está siendo devorada mientras tú conservas la calma. 

Sangre, imaginas, mientras escuchas los gritos desesperados. Los lemnosos están apenas fuera de esa puerta. Piensa, sécate las lágrimas y piensa. ¿Por qué llegaron tan rápido a la base del puente? ¿Por qué atravesaron la autopista tan rápido? 

Poco a poco los gritos se van apagando, ahogando, arrastrando con la sangre en el suelo. No quieres salir a ver la escena. Podrías quedarte ahí toda la vida. 

Pero nada. No puedes mantener la calma. 

Tan rápido, tan rápido, se van apagando. 

Y tú, te levantas. Sé un Alejandro Ortega mientras te levantas. Mira la puerta, escucha el silencio. No le prestes atención al militar que te dice que no la abras. Escucha las pistolas cargando, mira que apuntan a la puerta. Los militares se preparan. Tal como tú, quieren saber qué pasó. 

La mano en la manija. 

La manija en la puerta. 

Gira. 

Un rayo de exterior entra a tus ojos. La escena es surreal. 

¿Qué tanto pasaron? ¿5, 10 minutos? ¿Dónde está la gente? Brazos, más que todo, están regados en el suelo. Brazos cortados a mordiscos, parece, desde la base del hombro. No era raro ver, por supuesto, algún resto de quién sabe qué órgano, ojos, alguna que otra pierna, pero sobre todo brazos. Tratas de verlo lo menos humano posible, puesto que de otra forma, no podrías continuar. 

Piensa en Marly, en tus sobrinos. Piensa, presta atención. 

Solo un lemnoso aún camina, puedes ver. Abres lentamente la puerta. Sí. Solo un lemnoso camina ahora, hacia lo que fue el puente. ¿Qué hará allá? ¿Por qué se dirigen hacia allá? Miras hacia el otro lado, hacia el puente. Allá está la horda de lemnosos, sin prestar atención a lo que sucedía aquí. ¿Cómo llegaron tan rápido? ¿Cómo? 

No logras distinguir nada. Están muy lejos ya, seguro cerca del hoyo en el puente. 

Te concentras en el lemnoso que camina. Vomita de vez en cuando, verde. Le falta un brazo, sangra mucho. Su cara, perdida entre la sangre, te parece conocida. Un hombre delgado, desgarbado, y de rostro largo. Das con él. León, se apellidaba. Lo conoces bien. Piensas en las pistolas de los militares. Pero no, así no. 

- ¿No tienen por casualidad un bate o pata de cabra? - Le preguntas a los militares.
- Verga mijo, no. Esto, nada más. 

Un rompe huesos. Negro, pesado, hermoso. 

- En un ratico vengo. 

Sé un Alejandro Ortega, y piensa en tu familia, asesta otro golpe, piensa en tu novia, asesta otro golpe, piensa en el puente, asesta otro golpe, piensa en Maracaibo, asesta otro golpe, piensa en tu sobrino, asesta otro golpe, piensa en lo mucho que querías hacer esto, asesta otro golpe, otro golpe, uno más, a lo que queda del puré de cabeza en el suelo, uno más, uno más, uno más, hasta que por alguna magia se devolviera el tiempo y nada de estuvo pasare y pudieses irte con tu familia. Ahí, con tu sobrino, en la otra orilla, donde ya no tendrías que preocuparte por ser un Alejandro Ortega. 

14 de junio de 2012

Capítulo 19: Saca la mano Antonio


Día 5, tarde

- ¡Entra al carro, Antonio! 

Antonio, una vez más, no hacía caso, como cuando Yocasta le cantaba aquella canción en sus años de novios. Estaba ahí parado, haciendo frente a la manada. Detrás de él una marea de gente corría, tropezaba, pisaba a las pobres víctimas de la estampida, se tragaba el recuerdo de la última cola de Maracaibo. Pero no él, no Antonio. Ya a él, qué. Ya a él le daba igual. Su esposa debía correr, ella sí. Sus hijos salvarse, cómo no. Cruzar el puente, sí, que estaba ya a unos metros de distancia. 

Si Antonio volteara, vería la marea, vería el puente, vería un montón de soldaditos desesperados tratando de ver qué hacer con esos fusiles - capaz y hasta se los dieron desarmados a los coñoemadres -, apuntaban y gritaban, nadie les paraba media bola. - Arbolitos de navidad - diría Antonio, si volteara. 

- ¡Papi! - Gritaban los niños - ¡Vení, papi! 

Se desgañotaban en llanto, pero Antonio no volteaba. Ya no, ya qué. No más correr de esos pendejos.

5 días de miedo, 5 días de angustia, de no saber qué coño hacer ni a quién coño preguntar. 5 días de mariquitas hablando de salud y epidemia en la tele, de la lemna, y de qué-coño-le-va-a-importar-a-él. Gente, rumores, que si irnos pa' alla o pa'cá. Mierda. Es mierda y ahora le sabe a lo que es, pues. A mierda. Le sabe a reverendísima mierda. Y ojalá le hubiese sabido a mierda antes, pa' no andar con tanta mariquera. 

- ¡Nos vamos, Antonio! 

Que se vayan. Eso es lo que espera Antonio. Eso y la lluvia. Le gustaría eso, una lluviecita, chico, y un cigarrito pa cerrar el telón como es. Como es, pues. No con esta lloviznita de mierda. 

- Llovizna... coño - murmuraba Virginia en la ventana. La tripulación de la Van cabezeaba mientras dirigían huida al norte, - lo peor que puede pasar ahora es una llovizna. 

- ¿Y eso por qué, mi doc? - Preguntó Estiven. 

- Son hongos, lo que está causando esto. Ya les dije... Y los hongos crecen... 

- En humedá... - respondió Estiven mirándose los pies, y una gota de sudor frío recorrió su espalda - ¿O séa que van a crecer los vergos esos? 

- No sé, no creo. Bueno, los infectados no. Pero los hongos... pueden reaccionar de una manera impredecible. 

- ¿Impredecible cómo? 

Antonio no entendía por qué tenerles miedo a esta gente. Bueno, sí, entendía, pero no entendía el pánico. Son lentos, son bobos, el problema es que son muchos. Si todos los mariquitos que están corriendo ahorita se unieran para darle de coñazos a los lemnosos, puede que no sea tan fea la vaina. Quizá hasta podrían sobrevivir, salir de ahí, habiendo pegado una buena coñiza, y respirar de nuevo la tranquilidad aburrida de tener que ir mañana al trabajo, quizá esperar a la noche y comerse unas asquerocitas, como es, pues. Como es. 

Mientras pensaba esto, Antonio no se percataba del silencio a su alrededor. La bullaranga ahora provenía de la entrada al puente sobre el lago. ¿Tiros? ¿Son tiros? - No creo, no creo que le hayan dado balas a los soldaditos esos - ¿Y si sí? ¿Y si están matando gente? - No seria la primera vez. 

Gente que escapa de la enfermedad que los quiere infectar a mordidas, o gobiernos, lo mismo da. La misma mierda, y a la misma mierda sabe. Ya a él qué. Ya qué. 

Los lemnosos se detuvieron en seco. 

Los infectados miraron al cielo con ojos perdidos, buscaban algo, o acomodaban su cuello. Difícil ver desde donde estaba Antonio. 

Bajaron la cabeza.

Se quedaron ahí. 

La lluvia arremetió de repente, arropando la cola de carros abandonados, y a este gordo maracucho en la carretera. Este Antonio que presentía. Escuchó un helicoptero, no quiso mirar. No quiso quitar la vista de los infectados, que ahora lo miraban a él, a los carros, a la cola, y más atrás de él. Cerró los puños. 

Esto ya no salió en las noticias. 

Desesperados, como arañas en el agua, como cucarachas escapando con patas rotas, los lemnosos se empezaron a desplazar con las cuatro extremidades, sin ningún sentido de preservación del cuerpo o de la elasticidad. Se contorsionaban mientras a la velocidad de los caballos se acercaban a Antonio. 

Hacían más ruidos que de costumbre. Sus bocas ahora despedían más baba verde y más ruidos ahogados y espesos. Sus huesos sonaban mientras se requebraban, sus músculos se desgarraban y no paraban por nada. 

Pronto alcanzaron a Antonio, quién empezó a patear y golpear lo que pudo, pero con un blanco tan movil y de movimientos tan despesperados era difcil no atinar solo a una mano, pie, brazo. Se le montaron encima, y lo último que vio fue el cielo cerrándose negro. 

Ay, sol. Este maracucho te quería ver una vez más. 

Una vez más. 

Dientes, piel, músculos, visceras, sangre, 


sangre,

sangre.

Una explosión. 

31 de mayo de 2012

Capítulo 18: Tornillo

Día 4: Noche

Andrea estaba ahí, de esto estaba segura. Su piel sentía la pulsión del terror que la tenía paralizada en medio de la calle.Sus ojos estaban intentando acostumbrarse a la oscuridad a la que había sido repentinamente sometida. Sus sienes apretaban, dolían, la presión en su cabeza se desplazaba cálidamente sobre sus hombros a través de su cuello, sus piés, pegados a la planta de sus zapatos por el sudor de no haberse refrescado en todo el día, sus rodillas y el punzante leve dolor que la absorbía por haber estado parada quién sabe cuánto tiempo. Ella estaba ahí, sí.

Hermócrates también estaba ahí, esa de alante era su figura, lanzando palazos a cuanto esperpento se le acercara. El sonido seco de la madera repicando en las cabezas era muy distinto a lo que ella se había imaginado que sería. Se esperaba una explosión húmeda, como cuando estrellas una fruta madura contra el suelo. "Qué de mojones metían las películas de terror".

Andrea se dio cuenta de que su mano le dolía, bajó la cabeza lentamente y se fijó en su puño apretado. ¿Por cuánto tiempo lo tendría así? ¿Cuánto tiempo tendrían ahí parados? ¿Varados? ¿Y el carro? ¿Roberto? ¿El vigilante? ¿El malandro? ¿Virginia? ¿La niña? ¿Estoy yo aquí? ¿Es esto verdad?

- ¡Vainación muchacha pendeja... movete! - Se escuchó el rugir del tio Hermócrates que corría frente Andrea, - ¡Que te movais, mija! - La agarró por la muñeca y la sacó del medio de la carretera.

Andrea, cual monigote, se tambaleaba halada por Hermócrates. Este, su franelilla blanca chispeada de sangre y sudor, corría hacia la acera izquierda de la calle de la plaza Canta Claro, Andrea a su mano izquierda y el palo que se había encontrado muy bien puesto al lado de la silla abandonada de un wachiman en su mano derecha. Habían decidido ir hacia el hogar, pero encontraron a la urbanización Irama completamente infectada. A Andrea, tras ver el peligro, no se le ocurrió mejor idea que bajarse del carro a correr hacia la casa en donde debía estar su madre. El carro, en este arranque, frenó de golpe y se convirtió en blanco de toda el hambre de la enfermedad. Adios carro, conductor, y casi pasajeros.

Estiven se bajó también de golpe y empezó a dar cachazos con su arma, intentó subirse al carro pero Virginia le dijo que no, que no buscara ninguna altura. Corrieron por el único espacio que dejaron sus persecutores, rodearon la placita José Martí y corrieron a la casa solo para encontrar a la madre de Andrea, hermana de Hermócrates; y demás habitantes de esa casa arrastrando sus pies hacia ellos.

La debil mente de Andrea no lo pudo soportar.

Ahí seguía, ida, en la acera ya. Pegados a la pared y acorralados. Roberto buscaba a su alrededor una solución. Virginia abrazaba a Maara. Estiven empuñaba su defectuosa arma. Hermócrates se aferraba al la madera de su reciente bastón. Morirían ahí, como todos. Y eso estaba bien.

- No, pues. No - aseveró Roberto, - no me voy a joder. No aquí, no ahora.
- La pinga, weón. - Estiven estaba inquieto, se aferraba al revolver con sus dos manos. - La pinga, puej.

Al ver el espíritu de los muchachos Hermócrates empuñó su palo. Estaba decidido a atravesar como lanza los ojos del que se le acercaba por el frente, pero ¿y eso qué lograría? Más de 20 infectados o más se acercaban por todas las esquinas, todo su campo visual. Mirar más allá sugería otras sombras que se alzaban en la penumbra. No había nada que hacer alante. ¿Quizá atrás?

La pared contra la que estaban pertenecía a una de las casas adineradas de Maracaibo, por lo tanto se esperaba que tuviera protección eléctrica. Hermócrates miró hacia arriba: efectivamente, un alambrado eléctrico impedía que algún improbable atleta lograra atravesar la altura del muro. Nada, pero esto no es una situación de atletas ni mucho menos "Si no saltamos esta vaina nos comen tal cual chicharrón en  domingo e fiesta". Y listo, no hay más que decir.

- A ver, mariquitas. Vamos a saltar el muro.
-¡La pinga! - Empezó a decir Estiven
- Ay verga, ¿tanto te gusta la pinga, mijo? Que vamos a saltar el muro dije ya.
- Pero señor Hermócrates, eso está con cercado eléctrico. - Argumentó Roberto.
- ¿Le teneís miedo a la corrientica papá?

Hermócrates le pidió la pata de gallina a Roberto, y puso sus manos en el muro.

- Apúrese, señor...

Los lemnosos se acercaban a paso seguro, a menos de 10 metros.

La mano de Hermócrates dudaba.

"¿Quién le tiene miedo a la corrietica, pues?"

7 metros.

La mano de Hermócrates seguía ahí.

6 metros.

- ¡Vergación si te váis a chamuscar, chamuscate, coño! - Gritó Estiven.

A 3 metros de que los lemnosos llegaran a donde estaban los acorralados Hermócrates se dio cuenta de que esa casa llevaba siglos sin que le funcionara el cercado. Se había dañado en el apagón meses atrás y no había habido forma de repararlo. El dueño de la casa, ahora un lemnoso cualquiera, estaba muy seguro de que nadie podría atreverse a tocar el alambre. Afortunadamente, se equivocó.

Ya adentro, Hermócrates corrió a la puerta. En el camino vio una podadora que pensó podría ser util luego. Siguió corriendo. Encontró la puerta, cerrada. Intentó abrirla, no hubo forma. Necesita llave. Corrió a la casa, puerta cerrada. No puede entrar a buscar la llave. "Coño, coño, coño, coño, coño" pasaba sus manos por las cienes apretadas de sangre presionando su cabeza. Corrió de nuevo a la pared, decidió ayudarlos a subir uno por uno. Se encaramó, ya no había nadie.


- Tenemos que regresar por tío.
- ¿Qué tío?
- Dejamos a alguien dentro de esa casa.
- Dios mío muchachos... No sé, no creo que podamos.
- Papi, tenemos que poder. Es un ser humano, por dios.
- A mí no me parece.
- Isa, hay que volver.
- ¡Pero ya estamos los que estamos! No sé, a mí no me parece.
- Vamos a volver, Isa - Dijo la madre Faccini, que en vía de escape con su esposo e hijas, vio al grupo urgido y atropelló a algunos de los atacantes. Ahora está dando media vuelta a su camioneta y atropellando a uno que otro infectado.

- Mami, los podrías evitar...
- ¡Eso intento!

Frente a la casa donde había entrado Hermócrates se aconglomeraban varios grupos de infectados. Parecían desorientados, pero al ver el movimiento del carro, empezaban a buscarlo torpemente. Estacionaron, gritaron el nombre del tío, nadie respondió.

- ¿Y dónde coño se metió el tío, puej? - Preguntó Estiven.

La respuesta vino en un bramido estruendoso, un chillar de cauchos y la aparición de una van blanca. Hermócrates manejaba, se detuvo frente a la camionta de los Faccini.

- Se van con ellos o conmigo - Aseveró Hermócrates.

Los sobrevivientes se miraron, y hubo un entendimiento mutuo. Estiven, Roberto halando a Andrea, Virginia y Maara se bajaron y subieron a la van blanca. Mientras arracaban escucharon los gritos. "¡Vayan al puente, no al norte! ¡Por el norte están cerrando definitivamente el paso!"

- ¿Y esta camioneta? - Preguntó Virginia.
- No preguntéis mija, que ya nos fuimos. 

El rugir de los carros murió dejando espacio para el silencio, y el arrastrar torpe de los pasos muertos. Lemna, lemna, lemna. Verdes, vomitantes, sangrantes, lemna. Suben a las bancas, juegos para niños de la plaza Canta Claro, carros abandonados, sillas de wachimanes. Se tumban entre ellos, se muerden. No saben dónde están, son parte de una fuerza mayor, o menor, o consecuencia. Aún nadie lo sabe, aún todos le temen.

Aún hoy huyen.

7 de mayo de 2012

Capítulo 17: Una uno para comenzar

Día 5: Medio día

             La esperanza es una cosa viscosa, espesa, y hasta pegajosa. Qué mucho se parecía la esperanza a esta cola de tráfico en la autopista uno, que no avanza, que se queda ahí, espesa, como la capa de sudor en el conductor de ese carrito por puesto repleto de maletas hasta más no poder, hasta tener la boca de la capota abierta a medio masticar de un equipaje desesperado.

            La gente estaba huyendo. No sabían muy bien por qué, trataban de olvidar el cómo, jugaban a que la cosa no iba en serio sacando las mesas de dominó mientras la espera de un orden militar improvisado, una evacuación no anunciada con propiedad pero llevada a cabo por el instinto de estos habitantes del sol. Mucho recordaba a los tiempos del paro, la celebración constante en tiempos de crisis que nos hicieron de Venezuela merecedor de record Guiness de “El país más Feliz” del mundo. Recordaba Antonio que, curiosamente, la foto representante de tal mención fue una tomada en una marcha de protesta política donde, casualmente, 5 personas sosteniendo una bandera sonreían.

-          Qué esta mierda no se mueve
-          Qué va. Nada. ¿Qué coño estarán pensando los mamagüevos estos,  ¿ah chico? Váyase pa su verga, pana. ¿Operativo en tiempos como estos?

Lo que Antonio no sabía es que no se trataba de un operativo militar, ni tampoco de una traba regular. Lo que tenía a la autopista uno trancada era la supervisión militar sobre el proceso de evacuación. Claro, que desde donde estaba Antonio, en su carrito por puesto, nada veía. “El coño e su madre” pensaba, mientras el sudor, el hastío, los carajitos asustados, la esposa mirando hacia la carretera que dejaban atrás y el vacío increíble de la ciudad que meses atrás latía bajo el calor del sol. El carro de Antonio era uno de los últimos en la fila, y cada vez que él recordaba tal hecho, hervía de rabia. No fue su culpa llegar tarde a la autopista. Su esposa, como siempre, tardó decidiendo por “una soberana mariquera”. Ya ni recordaba qué, ya no recordaba el momento; solo recordaba que fue ella, nadie más, quien los tenía esperando en una culebra de carros que decide hacerse la muerta.

-          El coño e tu madre, Yocasta. Siempre es la misma vaina.
-          No empieces a joder, Antonio, que están los niños.
-          ¿Los niños? – Pasmado, voltea a buscarle los ojos con la mirada - ¿Qué coño te van a importar los niños a ti, mujer? Si siempre es la misma güevonada, y esta vez, chica ¿ah? ¡Nos están matando y vos te paraís a ver si chicha o limonada!
-          Antonio, mirá pal frente que la cola se está moviendo.
-          ¡El coño e tu madre y la cola, chica!

Efectivamente la cola de tráfico había empezado a avanzar, quizá la distancia de un carro algo más. Antonio se tragó su rabia. Nada haría con gritar, aunque quisiera, así que se quedó ahí, en el instante que le tocaba vivir, mientras Yocasta miraba hacia atrás. ¿Qué coño estará viendo? Se preguntaba Antonio. Pero pa’ qué. Mejor preguntarse otra cosa, como el cómo las colas se parecen a los gusanos, en los que de la misma forma pasa mucho tiempo entre el momento en que la cabeza decide moverse y el momento en que el cuerpo termina de hacerlo. Pensaba, entonces, que ellos eran el culo del gusano, y que no gozarían de nada de lo que comiera, o algo así.

Más adelante, vista desde arriba, la cola de la uno estaba dividida en dos. En primera instancia, todos los canales, ida y vuelta, estaban dedicados a una sola vía, la huída. Tal gigantesca tranca de 6 canales se dividía en una gran sección por una camioneta que, atravesada, cortaba el flujo transversalmente. Victor, su dueño, estaba sentado con las piernas fuera del vehículo, leía un libro sobre una vaca culpable.

-          Verga mijo, yo sé. Yo entiendo. El coño te rayó la camioneta. Pero loco, estai trancando toda la vía, papá. Te van a terminar linchando, chamo.
-          No me voy a mover – respondía Victor, sin levantar la mirada – pero ni un poquito, ve.
-          Coño mijo entendé. Esta no es una situación en donde podéis ponerte con cómicas. Un día normal, entiendo. Yo te apoyo. Pero ¿hoy? ¿hoy que el santísimo ha decidido dejar caer el juicio final sobre nosotros? Mijo, entendé, por favor.
-          Señor – levanta Victor la mirada mientras dice – me voy a quedar aquí hasta que las autoridades se desocupen lo suficiente para venir a resolverme este problema. Porque si yo me voy, fuera, donde no está pasando nada, nadie me va a pagar la camioneta.
-          Mijo, ve. El señor – señalaba al evidente culpable de que Victor esté irracionalmente molesto -, el señor está tranquilo, en su carro, pero la gente que está atrás está muy molesta mijo, a lo que se den cuenta de que la tranca la estai poniendo vos, pa que este güevón te pague, coño mijo te van a linchar.
-          Que lo intenten. Soy ganadero y he tenido que aprender a defenderme – dice Victor tocando una funda en su cinturón. Su arma, cargada, esperaba – que se prenda el vainero, y vemos qué pasa.

A un lado del camino varias mesas de dominó improvisaban conversaciones más amenas, conversaciones de escape de la realidad, conversaciones a las que todo venezolano está acostumbrado. Polar, Regional, alguna que otra Zulia, risas, 3 o 4 radios a todo volumen, vallenato u otros, desde el ritmo más urbano hasta un rock desonocido y experimental en un carro lleno de gente con lentes de pasta.

-          ¿Vos los llegaste a ver?
-          No, la verdad es que no.
-          Pasame otra cerveza ahí.
-          Va, pero ajá. ¿Nadie aquí vio a algún zombi?
-          No son zombis, papi. Son lemnosos. Los vergos se mueren de un carajazo bien dado.
-          Son gente enferma, loco. No están muertos.
-          Verga, yo escuché que no. Yo escuché que hay que darles en la cabeza, tipo zombi serio, pues.
-          No chamo, mi tía se infectó y solo le dimos de palazos. Se quedó quietecita al rato.
-          Verga, loco, ¿y decís esa vaina así?
-          Sí, la coña era una hijueputa hasta en vida.
-          Irga, chamo, recordame no arrecharte nunca.
-          Va pues.
-          Otra ahí.
-          Sí, dale. La verdá, verdá, es que yo tengo familia en monte bello, por allá por Irama, y supe que la vaina se puso fea por allá y bueno, salimos mandados.
-          ¿Con tu familia?
-          ¿La de monte bello? No chico. Que en paz descansen. Salimos papi, mami, la hermana y yo. Allá están en el carro.
-          ¿Tu hermana está aquí? ¿Será que al fin la conozco?
-          Cuando seáis un zombi, mardito.
-          Lemnosos
-          La misma verga. Parecen zombi, caminan como zombi, infectan como zombi. Hasta que sacan una película de esta vaina, cuánto va.
-          No infectan igual, chamo. Están viendo si infectan por aire también, la vaina es jodida.
-          ¿Quién? ¿Quién está viendo? En serio, chamo. ¿No veis la cola? En Maracaibo no debe quedar nadie. Así que nadie está viendo ya nada. Mandaron esto a la mierda.
-          Como cuando El Saladillo, ¿no?
-          Si serás marico sentimental. El regionalismo te llaman a vos.
-          A verga, tomo cerveza regional.
-          Pendejo.
-          Pasame otra.
-          ¿Regional?
-          Polar.
-          Y este clima del coño, chamo.
-          Parece que va a llover.
-          Coño, sí. Este calor del coño tiene que ser de lluvia.
-          Aunque ajá, lleva así rato y no ha llovido.
-          Sí, pero el calor.
-          ¿Te imagináis que empiece a llover con la cola aquí, y llegue la infección a esta vaina?
-          Juego trancado.
-          ¿Qué?
-          El dominó, marico. Cuenten sus pintas.

Más adelante, varios perímetros de seguridad protegían la autopista. Se sabía que pequeñas zonas cercanas a la misma habían sido infectadas. El hospital del sur, por ejemplo, cuyo total perímetro estaba cercado y protegido. Varios curiosos en las colas trataban de ver por encima de estas barreras, pero nada era visible. La luz del día, quizá. Luz, que se apagaba muy lentamente bajo el yugo de la densidad creciente de las nubes, y el calor, y el vapor.

Antonio seguía apenas metros más adelante del punto original. Yocasta miraba atrás y no veía más que uno o dos carros detrás de ella, pero no era eso lo que le interesaba. Estaba más bien pendiente de la línea del horizonte, línea vacía y sin movimiento alguno. Línea a la que le tiene pavor, terror de que se empiece a llenar de movimiento, de gente, de no-gente que alcance, por supuesto, la zona más débil del gusano. Pero eso no pasaría ¿Verdad, Antonio? Porque tú le dijiste que los bichos salían en las noches, y eso le has dicho a tus hijos todo el tiempo. Lo malo pasa en las noches, en las sombras.

Poco contaba Yocasta con la lluvia, con la subida que es la uno, con la unión de eventos desafortunados. Qué alegre sería el dominó y la música hasta entonces, que cayeron las primeras gotas, que las nubes ocultaron al sol, que la humedad pobló el tráfico, y que en el horizonte aparece una Van blanca apurada y desordenada. Gritos, salían de la Van, gritos ininteligibles por la distancia.

Yocasta saca la cabeza por la ventana e intenta descifrar lo que sucede. La Van se acerca más y los gritos se hacen audibles ¡Hay que irse! ¡Hay que irse! ¡Váyanse de la cola!

Detrás de la Van aparecería el juego trancado. Una fila poblada de cuerpos tambaleados danzaban apurados hacia el tráfico. La Van llega hasta el punto último de la Cola, de ahí se baja Hermócrates gritando la misma consigna. Vienen hacia acá, vienen hacia la altura, se dirigen hacia el puente del lago, por donde todos querían escapar. Si no está avanzando el tráfico, hay que irse, porque esto se va a convertir en un desastre. No vayan a lugares altos, cuidado con las zonas húmedas.

Yocasta no tuvo otra opción que reírse de su suerte. Maracaibo es la ciudad del lago. Su escape más cercano es el puente, y esta cola, que muy poco avanza. Hermócrates se vuelve a montar en la Van, da la vuelta en U y regresa hacia los cuerpos, toma un cruce antes de llegar a ellos y baja hacia el sector Primero de Mayo. Yocasta sonríe, mete la cabeza, sube el vidrio. Antonio le pregunta que qué dijo aquél loco. Ella dijo algo sobre el señor, Dios, y la bendición. Le dio un beso a sus hijos, y a su esposo. Antonio, se rascó su bigote, y miró con los ojos emparamados a su esposa.

-          ¿Quién ganó?
-          Yo tuve menos, tenía doble blanco
-          No sé, ajá, tú ganaste. Pero ajá, un dominó trancado es un dominó trancado.
-          ¿Cómo así?
-          Nadie gana, chamo. Ganaste, pero no.


7 de enero de 2012

A los seguidores de Lemna

Los lemnosos no han muerto. No han dejado de arrastrase en las calles, en las aceras, en los puestos de pastelitos. Siguen con su mirada perdida sentados en una esquina de la discoteca de turno, sirviéndote la hamburguesa, papaysalsa, como la pediste.

No, la historia no ha terminado.

Sí, sí me tomé un descanso nada descansado.

Sucede que me voy a Japón en una semana y todo este tiempo he estado preparándome para el trabajo que cumpliré allá.

Regresaré en apenas dos meses, así mismo regresará Lemna en su segunda y final parte.


A la historia que siguen todavía le falta camino que recorrer para su conclusión, así que nos vemos en marzo, cuando oficialmente comience la segunda temporada, si la quieren llamar así.


Un abrazo a todos, y gracias por seguir este proyecto.

25 de septiembre de 2011

Capítulo 16: E-mail



From: parinisos3997@gmail.com
To: chronogirlffxii@gmail.com

¿Te acuerdas cuando me decías que le diera comida al pez? ¿Qué movía la cola como si tuviera hambre? Hoy ha estado toda la noche así, y parte de la mañana.

No, no he dormido. Quién podría dormir en un momento así. Me he dedicado a, finalmente, acomodar el desastre de cuarto que tengo. Hice todo lo que me dijiste que hiciera: los libros están en su lugar, los dvd están ordenados por año y director, acomodé los papeles que estaban sueltos en carpetas según su utilidad, los cds viejos que ya no escucho los boté, arrugué y rompí las fotos y recuerdos por los que tanto peleamos. Papeles resultaron ser, papeles y nada más.

El amanecer estuvo rarísimo. Recuerdo que cuando niño me levantaba tempranito, cuando todavía no había salido el sol, para llegar temprano al colegio, y los pájaros empezaban a cantar justo cuando me montaba en el transporte. Hoy, en cambio, llegó la luz del sol a las ventanas y no cantaron los pájaros. Debió ser por los gritos.

No te preocupes, Mariana. Cerré toda mierda. Al final de cuenta es como decías. Estamos solos y sólo solos podemos sobrevivir en los momentos de crisis. ¿Cómo es que decías tú? Ah. “Somos amables mientras sea amable el tiempo”. Sí, bueno. Algo así.

No le abrí a nadie.

Gritaron en mi puerta y no le abrí a nadie.

Gritaron en la casa de Andrea, la vecina, y no llamé para averiguar.

Los gritos, Mariana, eso sí. No importa lo alta que tuviera la música, eran horribles. Como cuando un carro pisa un perro en la calle. Así de feo, Mariana. Y no sirve pensar que son perros. Son personas, a las que les están clavando los dientes, a las que sus propios familiares y seres queridos les están chupando las entrañas.

No sé si se habrán salvado, los que estuvieran en casa de Andrea en la madrugada. No me asomé. Pero en temprano en la mañana escuché un carro salir a toda velocidad.

No sé tampoco qué dirán las noticias allá, Mariana, pero la vaina está muy lejos de estar controlada. No se puede salir a la calle, no se puede uno asomar por las ventanas, no puedes ni siquiera comunicarte porque la mayoría de las vías están cortadas. Además de eso, yo me cansé de buscar cuando empezaron a decir el mojón de que están a punto de controlar la epidemia.

Qué molleja e mojón.

Qué bueno que no estás aquí Mariana. No creas, te extraño. Hago estas cosas en mi última noche en esta casa porque te extraño, porque te llevo conmigo.

Con esto quiero decir que te perdono. Que ya no importa. Que de hecho es una bendición que te hayas ido con él, porque él vive en Caracas y la mierda comenzó fue aquí. Sal de Venezuela, Mariana, aquí no van a controlar esta vaina. Esto se lo llevó quien lo trajo.
Qué importa, de todas formas, a estas alturas no importa nada.

No sé si te pueda volver a escribir Mariana. Intentaré salir de aquí.
Ya no tengo comida, y los mercados cercanos están saqueados.

Voy al puente, voy a intentar ir a Caracas, o del país.

Te amo.

Ah, sí. Le dejé comida al pez antes de irme.

_
Paris González

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12 de septiembre de 2011

Capítulo 15: Historia de una hormiguita


 Día: Días atrás


Aún había Maracaibo y pastelito en la Universidad del Zulia cuando el profesor Pérez daba la clase en Biología. A pesar de lo mal acondicionado del salón, y de lo sudado de su frondoso bigote, no disminuía el vigor con el que contaba su historia: 

 - Verán. El Ophiocordyceps es agresivo, y parece sacado de la ficción del cine más burdo y barato. ¿Se imaginan ustedes ser una hormiga feliz de su colonia, haciendo lo que felizmente hace cualquier hormiga? Despiertan una mañana y apagan el hormidespertador, saludan su afichito de la hormiga reina en tanguita y salen a trabajar. En el camino, de repente, se encuentran con una lloviznita rara. Ah, claro. Les extraña. La única lluvia que conocen es siempre apocalíptica, con tamañas gotas acaban siempre sin colonia a la que regresar. Esta lluvia, que ven ahora, es fina. Finísima. Y cae lento, cae suavecito, como bailando bachata. No le prestan atención. ¡Son hormigas! Deben hacer su trabajo. 

 Siguen su camino, siguen trabajando, cuando de repente, ya no quieren hacer su trabajo. ¿Saben qué? Esto de llevar comida es pesado. ¡Y aburrido! Nah, me voy a salir de la fila. Y se salen de la fila. Y empiezan a caminar de aquí, para allá, de allá, para acá, y ya no quieren volver a la colmena. Quieren, en cambio, pasearse con sus amiguitos. Ah, pero no tienen amigos que los acompañen. ¡Simple! ¡Busquemos amigos! Y buscan amiguitas hormigas para que se salgan de la fila. 

 Al principio, las amiguitas no escuchan, pero como todo, siempre hay otro que rompe la fila que lleva a otro a romper la fila y bueno: se forma la parranda. Hormiguitas desnudas por aquí, chupando ron por acá. En fin. Se forma la locura. Pero como todo en la vida, cuando la cosa se pone buena, llegan los pacos – el alumnado se ríe – y joden la vaina. 

Las hormigas soldado te llevan lejos de la colmena. Saben que te pasa una vaina rara, por instinto, aunque no están seguras de qué. Te llevan lejos, pa que no contagies a más hormigas con tus ganas de fiesta. Pero ya es tarde. Ya tienes amiguitos. Ya no te preocupa, sabes que te encontrarán. Así que decides hacer otra cosa: decides subir una rama. De pronto sientes la extrema necesidad de ir a un lugar alto y dormir ahí un rato. Lo haces, sólo que al llegar arriba y dormir, no despiertas más. Tu cabeza se rompe, y de tu cabeza sale un hongo que, mira qué sorpresa, empieza a botar esa lloviznita con la que te habías encontrado. Ay, recuerdas la colmena, la hermosa y gordota reina; todo lo que ya no verás. Ya lo sabes, ya no eres una hormiga. Eres ophiocordyceps, desarrollado. Un hongo con forma de cadáver de hormiga, y nada más. 

- ¿Y cómo se salva la colmena del hongo? – pregunta un alumno 

- No se salva. Verán, los soldados detectan a la hormiga una vez el hongo está avanzado. No hay mucho que hacer. Por si fuera poco, lo alejan de la colmena, pero no de los caminos por donde transitan los obreros para conseguir comida. De alguna manera u otra habrán más hormigas enfermas. 

 - ¿Cómo es que el hongo controla a la hormiga? 

 - Pues, la teoría dice que no la controla. Desinhibe y regula ciertos instintos a su favor. Es terrible, en realidad. 

 - ¿Siempre se aloja en el sistema nervioso? 

 - En el cerebro de la hormiga, sí. Se ha visto en la médula de otras especies, en algunos peces… 

- ¿Se puede pasar de especie a especie? 

 - No, no, no. Imposible. El hongo desarrolla una cepa para una especie en específico, se necesitan años de mutación para que pueda desarrollarse una nueva cepa que afecte a otra especie. 

 - ¿Y a humanos? 

 - No, para nada – sonríe el profesor mientras limpia sus lentes, - a nosotros Dios nos dejó quietos cuando nos empaquetó el cáncer. Además, somos un organismo muy complejo como para que este hongo nos afecte. Se ve más que todo en insectos, en invertebrados. 

 - Pero sí se ha dado en peces… 

 - Casos raros, Andrés. Casos raros. Ya te había dicho, no puedes pretender que todo lo que veas raro en el mundo natural se hará, algún día, la norma. Lo raro permanece raro, generalmente, y por raro, desaparece. – Tras una pausa en la que hizo notar que aún tenía algo que decir, el profesor continúa – Como todo en la vida, mijo. 

 - Preofe, ¿Por qué buscan la altura? 

 - Ah, bueno. Pues, eso es interesantísimo: es como si el hongo pensara… ¿Cómo haces para diseminar mejor las esporas? 

 - ¿Desde… la altura? 

 - ¡Claro! Es genial. Eso sin contar la cantidad de hormigas que pueden infectar por otra vía. 

 - ¿En dónde se pueden ver estas hormigas? – Pregunta emocionado un alumno. 

 - Ah, pues… Hay muchas en Brasil. Diría que es un problema de la selva amazónica… 

 - ¿No hay aquí? - Ay mija, ¿Con tanto político estáis buscando más parásitos? - La clase ríe. 

- No –responde el profesor -, la verdad es que no se puede ver aquí… Bueno, ya. Continuemos el tema.


Días después la facultad de ciencias de la Universidad del Zulia sería aún más desolada, aún más gris, aún más muerta.