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25 de junio de 2012

Capítulo 20: El procedimiento Ortega III


Día 5: Tarde

Sé un Alejandro Ortega y pregúntate, como es debido: ¿Por qué coño no se mueve la malparida cola? Hace rato se estaba moviendo, te dices,  se estaba moviendo la hijodeputa fila y por clásica ley de Murphy se congeló justo cuando faltaban dos carros para que llegaras para que fuera el turno de ustedes. Presta atención, presta mucha atención a todo lo que sucede. Estás en el carro de tu familia, tu novia en el carro que al que siguen, tus sobrinitos seguros en los brazos de sus padres y tus padres conduciendo, o al menos intentando. Habrían estado todo el día en colas, en desastres, en desordenes estúpidos de gente que no sigue las órdenes de evacuación. Piensas entonces que Maracaibo jamás estuvo preparada para ningún tipo de evacuación, zombi o no. "Verga, menos mal que son zombis, porque si nos coge un terremoto nos agarra confesaos" piensas, con delicadeza, dedicándole un pensado cariño a la madre de todos los gobernantes que han pasado por la zona. 

Baja el vidrio, mira por la ventana, sigue prestando atención. Los dos canales de la autopista están tomados por esta suerte de éxodo. Piensa que no sabes bien de qué nos estamos escapando. Piensa que no sabes si en verdad nos estamos escapando. Concluye que, de cualquier forma, no hay opción. Esta es la mejor opción, estar con tu familia es la mejor opción, decirle a tu papá que no es opción no apagar el reproductor después de la tercera vez que pone el CD de Vicente Fernández es la mejor opción. Aguantar el carajazo también. 

Sigue observando, piensa que no sabes nada de estas alimañas que infestan la ciudad. Piensa que no son muy inteligentes, no son muy rápidos, no son muy nada, pero que no saben más de qué o qué vienen. Piensa, calcula, imagina. Una enfermedad, porque el apocalipsis de la biblia ni a coñazos. "Dios tendría como más estilo." Una enfermedad que los hace muertos vivientes. ¿Muertos vivientes? ¿En realidad están muertos? Sabes, porque sabes, que no están muertos. Pero algo los hace moverse mientras se pudren, algo los hace más fuertes en las, ojalá, últimas horas. Si esto es así ¿Qué pasará después? Si estos bichos no comen ¿Qué pasará? Se morirán, supones. Se tienen que morir o terminar de descomponer, imaginas. Das gracias al sol, porque con el calor las cosas se pudren más rápido, dices. Pero, ¿y si comen? ¿Y si no necesitan comer? ¿Y si son algo más? 

El carro avanza. Al fin, le toca a la familia de tu novia. Frente al carro en el que vas se bajan tu novia, su papá, su mamá y tu cuñada, que llora. ¿Se bajan? ¿Por qué? 

- ¿Y esa vaina? - Pregunta tu papá. 

Te bajas. 

Averiguas. 

Están mandando a bajar a todos los tripulantes de todos los carros. Revisan algo en el carro. Lo aborda un militar y se lo lleva camino al puente. Preguntas a Marly, tu novia. Ella te dice que nada, que no están dejando pasar carros, por riesgo de que algo en el carro lleve la infección, que están guardando las pertenencias en otra parte para agilizar el proceso, que le ponen tu nombre y luego te las envían. ¿A dónde preguntan? Marly se pasa la mano por la frente. Ni quiere responder, y lo sabes. No es momento para ponerse a pensar en las cosas. ¿Pero y el equipo de supervivencia que preparaste? Perro a cagar. 

Ves a tu novia y a su familia montar una camioneta militar. Todavía cabe gente. Quizá no toda tu familia. Pero cabe gente. 

Los mandan a pasar a ustedes. Los revisan, un doctor les ve los ojos, apenas, y dice que están bien. Los manda a subir. Les dice lo que temías: 5 personas. Te haces el loco. Suben a tus padres, a tu hermano y su esposa, y a los niños. Te vas a subir. Una mano te baja. Piensas que en otro momento le habrías clavado los nudillos en la nuca (desde la cara) pero este no es el momento. Quieres que sea el momento, pero no. Te contienes. 

Tus padres arman alboroto, que son una familia, que los niños no hace espacio, que si alguien encima de las piernas de otro, que si nos arrimamos. Ves en a cara de militar la hijueputez concebida. La previenes. Dices: 

- Tranquila, madre. Yo me voy en el próximo. 
- ¡Tío! ¡Tío! - Gritan tus sobrinos. 

Piensas que tus sobrinos saben más que tú y por eso lloran. Lloran porque saben, lo sienten vibrar en sus huesitos, que esto se jodió. Les das un abrazo y sonríes. Con los cojones que te quedan sonríes porque les tienes que hacer sentir, aunque no lo creas, que todo va a estar bien. 

- Todo va a estar bien - dices. 

Arranca el camión camino al puente sobre el lago, se desaparece en el horizonte y empieza a llover. Las gotas se confunden con tus lágrimas. 

Piensa, que sí los puedes volver a encontrar, apenas el camión vuelva y pasen el puente y... ¿Llueve? 

Olvidaste prestar atención. ¿Por qué la gente está gritando, allá en el fondo? Vuelves la mirada al final de la cola y ves una estampida de gente corriendo. Vivos, te aseguras. Los infectados no corren así. ¿Pero por qué corren? ¿Tiroteo? ¿Aquí? 

Sabes que no. 

Sabes por qué corren. 

Sabes que dejaste de prestar atención y ya la camioneta no está, el arco no está, tus manos están desnudas. Volteas al militar y le ves la cara. Lo sabes, ese pantalón que lleva se jodió. Lo ves empuñar su arma, y por un segundo piensas en pedirle la pistola. Luego piensas en quitársela, luego en que deberías dejar de perder el tiempo pensando en tonterías. 

- Pana, ¿no puedo sacar nada de la camioneta? 
- ¿Ah? - El militar estaba lerdo, en pánico, mirando a la marea de gente que se avecinaba. 
- Mijo, la camioneta, que dónde está. 
- ¿Ah? 
- ¡Pila, mijo! ¡La camioneta! ¡Que no hay tiempo! 
- ¿Ah? 

Lo mandas a mamar. Te vas por tu propia cuenta, a trote veloz, a buscar la camioneta. Los militares están idos, no saben si apuntar o no, ni a dónde. No saben qué pasa. Ves la camioneta, pero volteas y te das cuenta: la estampida está por llegar. Si te agarran te aplastan. Te metes en la casilla de seguridad. Dentro un par de militares también están escondidos. Te miran asustados, como pidiendo complicidad. Luego siguen en lo suyo. Tienen un radio: 

- Coño no nos dejen aquí, por favor. No nos dejen aquí. Se lo ruego, capitán. Por favor, por honor a las... - Lo interrumpe una conversación que no logras entender - Capitán, capitán... 
- Ya está hecho.- Entiendes a través de la radio. 

¿Qué coño está hecho? Te preguntas. Segundos después entenderías la respuesta.

La horda de gente intentó pasar por el puente, corriendo, sin prestarles atención a los  militares. Corrían por su vida, escapando del brote de infectados que atacaba la base de la cola. Los militares, afortunadamente, no dispararon contra los civiles, pero esto no justificó lo que hicieron después, piensas. Una explosión, sientes el piso temblar. Más gritos, gente corriendo, nadie piensa lo que tú, nadie mira la casilla de seguridad. La puerta ahora está trancada, la trancaron los militares a los que se les escapa una lágrima. 

- Nos jodimos. Tumbaron el puente. 

Llévate las manos a la frente. Piensa en Marly, en tus sobrinos, en tus padres, en tu hermano. Piensa en ellos, y conserva la calma. Patea el mueble y conserva la calma. Grita maldiciones y conserva la calma. Ahora piensa en lo que está pasando afuera y conserva la calma. 

Gente está siendo devorada mientras tú conservas la calma. 

Sangre, imaginas, mientras escuchas los gritos desesperados. Los lemnosos están apenas fuera de esa puerta. Piensa, sécate las lágrimas y piensa. ¿Por qué llegaron tan rápido a la base del puente? ¿Por qué atravesaron la autopista tan rápido? 

Poco a poco los gritos se van apagando, ahogando, arrastrando con la sangre en el suelo. No quieres salir a ver la escena. Podrías quedarte ahí toda la vida. 

Pero nada. No puedes mantener la calma. 

Tan rápido, tan rápido, se van apagando. 

Y tú, te levantas. Sé un Alejandro Ortega mientras te levantas. Mira la puerta, escucha el silencio. No le prestes atención al militar que te dice que no la abras. Escucha las pistolas cargando, mira que apuntan a la puerta. Los militares se preparan. Tal como tú, quieren saber qué pasó. 

La mano en la manija. 

La manija en la puerta. 

Gira. 

Un rayo de exterior entra a tus ojos. La escena es surreal. 

¿Qué tanto pasaron? ¿5, 10 minutos? ¿Dónde está la gente? Brazos, más que todo, están regados en el suelo. Brazos cortados a mordiscos, parece, desde la base del hombro. No era raro ver, por supuesto, algún resto de quién sabe qué órgano, ojos, alguna que otra pierna, pero sobre todo brazos. Tratas de verlo lo menos humano posible, puesto que de otra forma, no podrías continuar. 

Piensa en Marly, en tus sobrinos. Piensa, presta atención. 

Solo un lemnoso aún camina, puedes ver. Abres lentamente la puerta. Sí. Solo un lemnoso camina ahora, hacia lo que fue el puente. ¿Qué hará allá? ¿Por qué se dirigen hacia allá? Miras hacia el otro lado, hacia el puente. Allá está la horda de lemnosos, sin prestar atención a lo que sucedía aquí. ¿Cómo llegaron tan rápido? ¿Cómo? 

No logras distinguir nada. Están muy lejos ya, seguro cerca del hoyo en el puente. 

Te concentras en el lemnoso que camina. Vomita de vez en cuando, verde. Le falta un brazo, sangra mucho. Su cara, perdida entre la sangre, te parece conocida. Un hombre delgado, desgarbado, y de rostro largo. Das con él. León, se apellidaba. Lo conoces bien. Piensas en las pistolas de los militares. Pero no, así no. 

- ¿No tienen por casualidad un bate o pata de cabra? - Le preguntas a los militares.
- Verga mijo, no. Esto, nada más. 

Un rompe huesos. Negro, pesado, hermoso. 

- En un ratico vengo. 

Sé un Alejandro Ortega, y piensa en tu familia, asesta otro golpe, piensa en tu novia, asesta otro golpe, piensa en el puente, asesta otro golpe, piensa en Maracaibo, asesta otro golpe, piensa en tu sobrino, asesta otro golpe, piensa en lo mucho que querías hacer esto, asesta otro golpe, otro golpe, uno más, a lo que queda del puré de cabeza en el suelo, uno más, uno más, uno más, hasta que por alguna magia se devolviera el tiempo y nada de estuvo pasare y pudieses irte con tu familia. Ahí, con tu sobrino, en la otra orilla, donde ya no tendrías que preocuparte por ser un Alejandro Ortega. 

14 de junio de 2012

Capítulo 19: Saca la mano Antonio


Día 5, tarde

- ¡Entra al carro, Antonio! 

Antonio, una vez más, no hacía caso, como cuando Yocasta le cantaba aquella canción en sus años de novios. Estaba ahí parado, haciendo frente a la manada. Detrás de él una marea de gente corría, tropezaba, pisaba a las pobres víctimas de la estampida, se tragaba el recuerdo de la última cola de Maracaibo. Pero no él, no Antonio. Ya a él, qué. Ya a él le daba igual. Su esposa debía correr, ella sí. Sus hijos salvarse, cómo no. Cruzar el puente, sí, que estaba ya a unos metros de distancia. 

Si Antonio volteara, vería la marea, vería el puente, vería un montón de soldaditos desesperados tratando de ver qué hacer con esos fusiles - capaz y hasta se los dieron desarmados a los coñoemadres -, apuntaban y gritaban, nadie les paraba media bola. - Arbolitos de navidad - diría Antonio, si volteara. 

- ¡Papi! - Gritaban los niños - ¡Vení, papi! 

Se desgañotaban en llanto, pero Antonio no volteaba. Ya no, ya qué. No más correr de esos pendejos.

5 días de miedo, 5 días de angustia, de no saber qué coño hacer ni a quién coño preguntar. 5 días de mariquitas hablando de salud y epidemia en la tele, de la lemna, y de qué-coño-le-va-a-importar-a-él. Gente, rumores, que si irnos pa' alla o pa'cá. Mierda. Es mierda y ahora le sabe a lo que es, pues. A mierda. Le sabe a reverendísima mierda. Y ojalá le hubiese sabido a mierda antes, pa' no andar con tanta mariquera. 

- ¡Nos vamos, Antonio! 

Que se vayan. Eso es lo que espera Antonio. Eso y la lluvia. Le gustaría eso, una lluviecita, chico, y un cigarrito pa cerrar el telón como es. Como es, pues. No con esta lloviznita de mierda. 

- Llovizna... coño - murmuraba Virginia en la ventana. La tripulación de la Van cabezeaba mientras dirigían huida al norte, - lo peor que puede pasar ahora es una llovizna. 

- ¿Y eso por qué, mi doc? - Preguntó Estiven. 

- Son hongos, lo que está causando esto. Ya les dije... Y los hongos crecen... 

- En humedá... - respondió Estiven mirándose los pies, y una gota de sudor frío recorrió su espalda - ¿O séa que van a crecer los vergos esos? 

- No sé, no creo. Bueno, los infectados no. Pero los hongos... pueden reaccionar de una manera impredecible. 

- ¿Impredecible cómo? 

Antonio no entendía por qué tenerles miedo a esta gente. Bueno, sí, entendía, pero no entendía el pánico. Son lentos, son bobos, el problema es que son muchos. Si todos los mariquitos que están corriendo ahorita se unieran para darle de coñazos a los lemnosos, puede que no sea tan fea la vaina. Quizá hasta podrían sobrevivir, salir de ahí, habiendo pegado una buena coñiza, y respirar de nuevo la tranquilidad aburrida de tener que ir mañana al trabajo, quizá esperar a la noche y comerse unas asquerocitas, como es, pues. Como es. 

Mientras pensaba esto, Antonio no se percataba del silencio a su alrededor. La bullaranga ahora provenía de la entrada al puente sobre el lago. ¿Tiros? ¿Son tiros? - No creo, no creo que le hayan dado balas a los soldaditos esos - ¿Y si sí? ¿Y si están matando gente? - No seria la primera vez. 

Gente que escapa de la enfermedad que los quiere infectar a mordidas, o gobiernos, lo mismo da. La misma mierda, y a la misma mierda sabe. Ya a él qué. Ya qué. 

Los lemnosos se detuvieron en seco. 

Los infectados miraron al cielo con ojos perdidos, buscaban algo, o acomodaban su cuello. Difícil ver desde donde estaba Antonio. 

Bajaron la cabeza.

Se quedaron ahí. 

La lluvia arremetió de repente, arropando la cola de carros abandonados, y a este gordo maracucho en la carretera. Este Antonio que presentía. Escuchó un helicoptero, no quiso mirar. No quiso quitar la vista de los infectados, que ahora lo miraban a él, a los carros, a la cola, y más atrás de él. Cerró los puños. 

Esto ya no salió en las noticias. 

Desesperados, como arañas en el agua, como cucarachas escapando con patas rotas, los lemnosos se empezaron a desplazar con las cuatro extremidades, sin ningún sentido de preservación del cuerpo o de la elasticidad. Se contorsionaban mientras a la velocidad de los caballos se acercaban a Antonio. 

Hacían más ruidos que de costumbre. Sus bocas ahora despedían más baba verde y más ruidos ahogados y espesos. Sus huesos sonaban mientras se requebraban, sus músculos se desgarraban y no paraban por nada. 

Pronto alcanzaron a Antonio, quién empezó a patear y golpear lo que pudo, pero con un blanco tan movil y de movimientos tan despesperados era difcil no atinar solo a una mano, pie, brazo. Se le montaron encima, y lo último que vio fue el cielo cerrándose negro. 

Ay, sol. Este maracucho te quería ver una vez más. 

Una vez más. 

Dientes, piel, músculos, visceras, sangre, 


sangre,

sangre.

Una explosión. 

29 de agosto de 2011

Capítulo 14: El Procedimiento Ortega II

Día 4: Tarde, temprana.

Sé de nuevo un Alejandro Ortega en tu casa y refugio. Confirma que lo que siempre ha sabido como peor escenario se ha hecho realidad en tan solo cuatro días: mañanas y noches que has pasado calculando posibilidades con toda tu familia, ahorrando comidas, agua y electricidad, reuniendo todo lo útil para la estadía en el refugio y todo lo necesario para una posible evacuación; mañanas y noches en las cuales habrás estado pendiente de las noticias de la radio y televisión, y hasta de los medios no convencionales, sin mucha esperanza en soluciones finales. No te confíes de los informes oficiales, no te confíes de los refugios alternativos, no te confíes de las salvaciones gubernamentales, ríe un poco por dentro, un poco por lástima, del pobre refugio del liceo Lucila Palacios al que te invitaron hace poco, al que llamaron seguro e impenetrable, y que ahora es festín de sobras para los pocas alimañas que sobrevivieron a la matanza. Ríe un poco porque sabías lo que sucedería, ríe un poco porque has leído esto, y ya estabas preparado, llora un poco porque no todos tus amigos lo estaban.

Piensa en tus amigos. Los habrás llamado regularmente en los días que has pasado en tu casa, y a los que no has llamado has contactado por medios electrónicos. Maurizio está bien, Marly está en su casa ahora, Anita salió del estado por un asunto del trabajo, no te logras comunicar con Joy y temes lo peor ya que sabes a lo que estuvo sometido su edificio, Porras no está en Venezuela, Alberto tampoco pero te llama constantemente para estar enterado del proceso: te cuenta que allá no se sabe nada de los detalles de lo que ocurre; te alegras por los que están bien, lloras ya la pérdida de los que no has sabido nada. Son tus amigos, son tus hermanos, pero sabes que si te los encuentras caminando erráticamente por la calle, ya no son ellos. Les harás el favor que querrías que te hicieran a ti si fueras tú el infectado.

Anótalo todo: el primer día y los infectados lentos y torpes, el segundo día y su hambre descomunal, los puntos débiles no focalizados, la actitud errática, la costumbre por subir a los lugares más altos y quedarse ahí. Anota también lo que has descubierto observándolos desde tu balcón: no sabes aún qué sentido usan, pero no estás seguro de que sea la vista o el oído; se están haciendo más pálidos cada vez; no les gusta el sol del medio día, pero pueden estar en cualquier luz que no sea demasiado fuerte; no le temen al fuego, a las linternas, ni a ninguna fuente de luz que no sea el sol, a pesar de que les desagrade estar iluminados; se están moviendo más tiesos y más rápidos cada vez, como una araña de cuatro patas heridas; no les importa caerse, lastimarse o que los lastimen; solo caen cuando se desangran hasta cesar sus funciones, si es que mueren; nunca has visto uno que no tenga nada de vida en sus ojos y temes eso; y finalmente: son feos, cada vez más y más feos.

Termina de almorzar el pancito con atún que te preparó tu mamá mientras piensas en estas cosas, mientras tratas de atar cabos: han cambiado, y siguen cambiando; nada asegura de que este sea, en sí, el estado final de esta enfermedad. Límpiate la boca, sube a la terraza de tu casa. Ahí estará tu hermano haciendo lo mismo que querías hacer tú. Chequean juntos el portón de la urbanización cerrada en donde viven. 15 infectados intentando entrar: meten los brazos, intentan meter la cabeza a través de la reja, muerden la reja, se muerden de vez en cuando, vomitan. Frente al portón hay una piscina verde de vómito lemnoso. Temes las posibilidades de contagio.

- ¿Ta todo listo, Gordo?
- No sé, papi está preparando las cosas.
- ¿Y los niños?
- Con mami y Mónica.
- ¿Viste que jugamos ayer otra vez a Star Wars?
- Sí – sonríes – y esta vez él era Darth Vader.
- Sí chico. Tan chiquito…

Leo, tu hermano, no completa la frase. Tú ni ganas tienes de que lo haga. El lado oscuro ahora es verde y está en el portón de tu casa, amenazando todo lo que conoces y amas.

- Yo creo que papi ya está listo – Di, y ve a revisar.

En el garaje tu papá está pasando lista de todo lo que va en la camioneta. Revisas la lista: Alimentos no perecederos, mucho atún, linternas, pilas y más pilas, radio de pilas, varios objetos contundentes y armas, ropa, varias cobijas, un par de camas inflables, la cámara, celulares y cargadores, dinero en efectivo y tarjetas, y otras cosas más que aún no estaban marcadas. Decides ayudarlo a completar lo que falta.

- Traete el pote de carne, y tu arco – te dice.

Buscas primero el pote de carne, está en la cocina: un pote sellado de carne podrida que preparaste como señuelo en caso de encontrarte en una diatriba. Sabes bien que los infectados no diferencian entre carne viva o muerta, carne humana o animal: tan solo quieren clavarle sus dientes a algo. Pesa, el pote. Mételo en la camioneta. Ahora busca el arco, está en tu cuarto. Piensa que es la mejor adquisición que has tenido en tu vida, y que la técnica de arquería es la mejor habilidad que tienes ahora. Revisa todo lo que hay en el estuche: 12 flechas, el arco desarmado y el limpiador que has preparado: un cilindro de goma espuma recubierto en plástico que has preparado con cloro y alcohol, no importa la infección que tenga la flecha, no sobrevivirá al pasar por ese limpiador. Ten 3 de estos de todas formas.

Ya estás casi listo, ya todos están casi listos. Revisa tu celular y llama a Marly, dile que vas saliendo. Tranca la llamada y date cuenta de la llamada perdida: Vicky. La llamas y te das cuenta de que se te ha adelantado. Ya está en la cola inmensa que hay para salir de la ciudad por el puente sobre el lago. Mierda, dices. Apura el paso.

Camioneta lista, equipaje listo. Calientan los dos carros en los que saldrán tú, tu hermano, tu mamá, tu papá, tus dos sobrinos, su mamá, tu hermana y el novio de tu hermana. Sales a tu misión, encomendada a ti desde que se te ocurrió el plan de evacuación. En la calle de la urbanización te paras frente al portón con el arco ahora armado, lo dejas a un lado. Tomas una flecha, te acercas al portón. El ruido de los infectados se hace más frenético. Tu mamá está angustiada detrás de ti, lo sabes, pero no hace el más mínimo ruido. Tu papá está mortificado en el carro, lo sabes, pero espera callado tu operación. Solo escuchas el gargajeo eufórico de los lemnosos en el portón y el sonido de los dos carros. Aprieta tu flecha, acércate al montón de brazos y, con cuidado, clávala entre la ceja y ceja del infectado más cercano. Sentirás el cráneo romperse con resistencia, y luego la flecha adentrarse en lo que fue el gelatinoso órgano de pensamiento, que ahora desprende un desagradable olor al sacar la flecha. Caerá al instante en un ataque epiléptico y se dejará de mover. Aléjate ahora de la cerca. Limpia la flecha. Uno menos, faltan 14. El sonido de dos carros, los gargajeos y tú. Repite la operación, cae otro. El sonido de dos carros, gargajeos y tú, otra vez, cae un tercero, y así un cuarto, un quinto, y el sonido de un tercer carro. Te volteas, siguen ahí los dos carros de tu familia, listos para salir, no hay más en la urbanización. Mira entonces más allá del portón: un carro se acerca por la plaza, esquiva infectados y acelera a la urbanización. Mierda, di. Mierda, es. Es un carro conocido, un carro de la urbanización, un carro de un vecino que va llegando a su casa, al fin, luego de haber escapado de quién sabe qué horrores, y que esperas, no sea tan imbécil como para activar el portón eléctrico desde su carro con el control. No seas imbécil, di. Marico, no. Ay marico, no. Aprieta la flecha, y alguna otra cosa que puedas apretar, el portón se activa.

Te volteas de inmediato y corres a la camioneta. La puerta se abre y saltas dentro. En la camioneta abraza tu hermana, y busca el pote de carne. Tenlo a mano.

El portón abierto sirve de alivio a los infectados que ahora entran, los 9, los 10, los más, y como los dos carros de tu familia ocupan la calle ni ustedes pueden salir, ni él puede entrar. Cornetas, infectados, vómitos, cambios de luces. Ten miedo, ten más miedo que eso. Lo sabes, no puedes salir si no se resuelve esa situación inmediatamente. Resuelve esa situación inmediatamente. Necesitas tu arco, necesitas tus flechas, y tienes la carne en la mano.

Toma una bocanada de aire. Abre la carne podrida, saca un pedazo, abre el vidrio y lánzalo. Los 3 o 4 infectados que estaban encima de la camioneta saldrán tras él. ¿Visión, olfato? No te da tiempo de pensar. Corre, ignorando los gritos desde la camioneta. Corre duro, y toma el arco, las flechas, y apunta hacia el carro entrante. No se mueve. Mierda, di. Mierda, es. Corre de nuevo al carro y lanza, duro, más carne podrida. Caerá apenas en la piscina de vómito. Infectados se concentrarán frente al carro entrante, el cual tendrá pánico y saldrá de ahí en retroceso.

- ¡Arrancá! – Dile a tu papá. "Pa que sea serio" piensa, y respira.

Pican cauchos, pasan sobre la montaña de cadáveres. Se siente como el peor hueco en el que han caído. Se siente como pasar sobre un montón de frutas que se destripan y derraman sus jugos. Ya saliste de ahí, de tu casa. Respira. Todavía huele a carne podrida.

Tu hermana te da crema para las manos, pero aún no se va el olor. Piensa que esa podredumbre es inevitable ahora, en cualquier parte de la ciudad. Recuéstate, respira más. Recuerda, casi con una sonrisa, la banda sonora de aquel juego apocalíptico, Fallout, y búrlate a tus adentros de lo preciso del recuerdo. Mira hacia tu vieja casa y despídete, ahora sorpréndete, los cadáveres, agujeros en la frente y todo, se están levantando. Definitivamente la infección está empeorando.



31 de julio de 2011

Capítulo 12: Así era Maracaibo

Los budistas, recordaba Andrea, hablan de una paz en el vacío. Una cosa así como que el vacío de emociones, de pensamientos y de apegos lleva a ese lugar que llaman nirvana, y que está a la vuelta de la esquina pero que nadie sabe cuál esquina exactamente, y que no se pega escopetazos en la cabeza ni canta del olor al sudor del espíritu adolescente; porque no piensa, porque no siente, porque paz, pues.

Qué mollejero de mierda hablan los budistas: allí estaba ella, sentada en el horno en el que estaba convertido el asiento trasero del carro de su tío, sin pensar nada, sin sentir nada, sin desear nada, ni siquiera que el carro finalmente arrancara y los sacara de ese centro desolado en el que estaba convertida la Plaza Bolivar y pudiera sacarse todo el sudor, todas las lágrimas, el dolor, la peste de recuerdos; definitivamente sin paz.

- ¿Y si le da un golpecito al arranque? - Pregunta Roberto desde el asiento del conductor.
- No, no creo. Verga... - Hermócrates se seca el sudor. El calor lo abrazaba y lo abrasaba con cariño y furia, acentuando la molestia de que el carro no prendiera. - Y le arreglé el radiador a esta remierda la semana pasada. ¡No joda! - Patea el parachoque.
- ¿Y qué tiene que ver el radiador con que el carro no prenda? - Pregunta Roberto, intentando de nuevo, el arranque se queja, se ahoga, no enciende.
- Se recalienta una minguita y la golilla del coño esta se jode, chamín. 

Roberto no está convencido de lo certero de la explicación de Hermócrates, ni del significado de la palabra "golilla", sin embargo resuelve por no preguntar más. No había peligro urgente. Habían salido del Hospital Central tal cual como entraron: Roberto entró y salió igual, Hermócrates ciertamente parecía haber salido igual, Andrea, bueno, ella no tanto. Andrea era la única que había salido con una certeza absoluta de lo que estaba sucediendo hasta el momento, y tal certeza la tenía sentada, sin reacción, en la parte trasera de un carro parado en la Plaza Bolívar, dirección a la Basílica, en un centro desolado y azotado por un sol que a pesar de estar muriendo no disminuye su aporte. No habría sido así días anteriores, el centro: la bulla y el caos armónicamente articularían el corazón de una de dos dimensiones de una sola ciudad: La Maracaibo que ruge, de barba y sombrero, la Maracaibo sabia y antigua, aparentemente desordenada y rabiosa, el infierno de polvo y calor que describieron los autores alemanes, la infortunada colisión de modernidad estancada con picadas de contemporaneidad, que no termina de aceptar ni rechazar, y se la rasca que te rasca; mientras fantasmas del pasado y presente comparten el desayuno.

- Señor Hermócrates - se escucha la voz desde dentro del carro, - señor Hermócrates, métase en el carro.
- ¿Con ese calor? No mijo, seré yo güevón, salgan ustedes, más bien, que se van a asopar ahí.
- Señor Hermócratres, ya, métase, que viene uno.
- ¿Un qué?

Hermócrates no pudo evitar sentirse imbécil al preguntarlo, voltear, y ver a un cuerpo anciano, demacrado, con la piel tostada por quizá días del inclemente sol del centro, puntos blancos resaltados por el contraste poblando su barba y cuello, ropa tan notoriamente sudada que la sola imagen enviaba una señal de olor, y caminar arrastrado y flojo. Hermócrates en dos movimientos está ahora dentro del carro. El viejo se acerca, se rasca la joven barba, y se para frente al carro. Los que están dentro no dicen nada, el viejo apenas entorna los ojos. Así pasan segundos, 15, 30, hasta que el viejo, con un movimiento violento, pone ambas manos en la capota, sonríe mostrando una dentadura terrible y suelta un chillido feliz.

- ¡Ajaaaa! ¡Muchachitos vivos! ¡Ve chico! - Aplaude, sonríe, celebra. - ¡El coño e su madre que los trajo! ¿Cómo llegaron? No, eso no importa, chico. No. Y los modales - se seca el sudor, se limpia la mano en el sucio trapo que tiene por camisa y lo extiende hacia el parabrisas, - Don Justo González Semprum, un placer.

La sonrisa de Don Justo ilumina el momento incómodo de silencio dentro del carro. Nadie habla, nadie opina, y sobre todas las cosas, nadie puede creer que el viejo les esté hablando, y por lo tanto, nadie devuelve el saludo.

- Dos opciones, a este viejo: o le tostó la cabeza el sol, o está medio infectado - opina, finalmente, Roberto.
- Mardito viejo, chico - agrega Hermócrates, subiendo el vidrio.
- ¡No, no, no, no! No chico, no. Ve que yo soy uno de los que no son. Veme, aquí ve - se abre la camisa, descubriendo un pecho de reflejos blancos, pelos canosos y sudados - limpiecito como un sol - sonríe, transpira asustado, - ¡Limpio, chico! Vai salgan. Salgan, chico.

Nadie sale. Nadie se mueve.

- Qué molleja - se rasca la barba, se seca más sudor, silencio. Se sienta en la capota del carro, - qué molleja, chico. Por eso estamos como estamos. La verga esta se la llevó quien la trajo.
- ¿Qué vaina está diciendo, pues? - Pregunta Hermócrates.
- No sé. Parece que ya nada.
- Abran el vidrio. Si vemos que quiere entrar lo cerramos. Digo, para que al menos escuchemos. No podemos hacer más. - Finalmente se escucha la voz de Andrea. Roberto abre el vidrio.
- ¡No joda! - Comienza, de nuevo, el viejo, aún sentado en la capota del carro. - Cepillao, verga. ¡Cepillao! De colita, uno de colita. Verga, así sea uno de limón. Algo pa chupar. Los labios los tengo curtíos, ya. Mirame la lengua, rajá.  Y venís vos a cerrame el vidrio, chico, no. Qué molleja chico. Qué de valor. Qué de cojones. Vergación. Y los vergos estos, por ahí, escondíos. Lemnuos de mierda. ¡Lemnuos de mierda! ¡Me escuchan! ¡Marditos todos! - Golpea con fuerza la capota - ¡Marditos remardecidos dos veces, no joda!¡Me cago en ustedes! - Solloza, lo notan por su los espasmos en su espalda, por su quebrada voz. Continua. - No era así, chico. Llegaba, antes, la gente. Y esta vaina despertaba desde allá, desde el lago, bendecido por la luz de nuestra señora la Chinita, que llegó en la tablita, al mismo puerto, que amanece siempre, chico. Siempre está amaneciendo en Maracaibo, siempre estaba amaneciendo, se sentaban todos los vendedores, los pregoneros. ¿Sabías, José, que yo fui pregonero? Ay sí, mijo, te lo había contado, pero es que a esta edad a uno se le olvida todo, mijo. Pero fui pregonero, como esos pregoneros del medio día. Tenías que tener un gañote, mirá, pa gritar. Verga, si hasta hace poco podías oír de a gritos a los vendedores del centro. Cualquier corotico que quisieras, mijo, podías encontrar entre las voces, en pleno día. El ajetreo, mijo, con el que subsistíamos. Subsistíamos, mijo, pa llegar a la noche. No importa, mijo, si tu noche o mi noche. La tuya de luces, la mía de furros, ambas, mijo, vergatarias, de calles iluminadas con vida. ¡Vida, mijo! Estábamos vivos, Chinita santa, Chinita bella. Estábamos vivos, y de brutos, vergación, burros: no lo sabíamos.
- ¿Andrea?

El sonido de un carro, se acerca. Andrea voltea. Es Virgina, y dos hombres, en un carro que se acerca hacia ellos. A este punto de sus pesares no tenía ganas de preguntar, se aferraba al único alivio que había sentido desde ya no recuerda cuándo: siente que fue hace tanto.

- Un ángel, esta muchacha, ¡Dios! - Exclama Hermócrates, bajándose del carro, ya sin pensar en el viejo Justo.

El carro para, Virginia se baja, y saca a Andrea del carro para abrazarla, quien rompe a llorar de nuevo. Virginia entiende, y hasta Maara, al ver la escena, se acerca y la soba toscamente en la pierna. Desde el carro, sin embargo, una voz nerviosa rompe el encuadre.

- ¡Bueno, móntense pues! - Implora Estiven.
- ¿Pero por qué el apuro pues? No hay infectados por aquí  - dice Roberto.
- No Robertico, hay que movernos. En el camino les explico.

Se acomodan, como pueden en el carro, y justo cuando se va a montar, el último, Roberto, nota al viejo Justo parado a un lado del carro que están abandonando.

- Don Justo - lo llama Roberto - ... ¿Quiere que lo dejemos...? No sé. ¿Le damos la cola?

Don Justo sonríe, y mira hacia la casa de la capitulación, al otro lado de la plaza. Sonríe.

- No, mijo. Puedo llegar caminando.
- ¿Seguro, señor? - Virginia no está segura.
- Sí mija, Dios te guarde.

Se terminan de acomodar en el carro, y Don Justo camina entonces hacia la casa de la capitulación, o casa Morales, envuelta en sombras. El carro arranca.

- ¡Para! - Exclama Virginia - Los infectados, ¿No se acuerdan? Prefieren las alturas... y las sombras.
- Ni por el culo paramos, doctora. Nos tenemos que ir, y es ya.

Y se van, dejando en el fondo a un viejo caminando con los brazos a su espalda. Sonríe tranquilo, y habla solo.

- Ya te alcanzo, José. Mijo, ya te alcanzo. - Regala una última mirada al carro que se aleja, y canta - a ese Maracaibo, señor turista, lo recordará, igual que yo.