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25 de junio de 2012

Capítulo 20: El procedimiento Ortega III


Día 5: Tarde

Sé un Alejandro Ortega y pregúntate, como es debido: ¿Por qué coño no se mueve la malparida cola? Hace rato se estaba moviendo, te dices,  se estaba moviendo la hijodeputa fila y por clásica ley de Murphy se congeló justo cuando faltaban dos carros para que llegaras para que fuera el turno de ustedes. Presta atención, presta mucha atención a todo lo que sucede. Estás en el carro de tu familia, tu novia en el carro que al que siguen, tus sobrinitos seguros en los brazos de sus padres y tus padres conduciendo, o al menos intentando. Habrían estado todo el día en colas, en desastres, en desordenes estúpidos de gente que no sigue las órdenes de evacuación. Piensas entonces que Maracaibo jamás estuvo preparada para ningún tipo de evacuación, zombi o no. "Verga, menos mal que son zombis, porque si nos coge un terremoto nos agarra confesaos" piensas, con delicadeza, dedicándole un pensado cariño a la madre de todos los gobernantes que han pasado por la zona. 

Baja el vidrio, mira por la ventana, sigue prestando atención. Los dos canales de la autopista están tomados por esta suerte de éxodo. Piensa que no sabes bien de qué nos estamos escapando. Piensa que no sabes si en verdad nos estamos escapando. Concluye que, de cualquier forma, no hay opción. Esta es la mejor opción, estar con tu familia es la mejor opción, decirle a tu papá que no es opción no apagar el reproductor después de la tercera vez que pone el CD de Vicente Fernández es la mejor opción. Aguantar el carajazo también. 

Sigue observando, piensa que no sabes nada de estas alimañas que infestan la ciudad. Piensa que no son muy inteligentes, no son muy rápidos, no son muy nada, pero que no saben más de qué o qué vienen. Piensa, calcula, imagina. Una enfermedad, porque el apocalipsis de la biblia ni a coñazos. "Dios tendría como más estilo." Una enfermedad que los hace muertos vivientes. ¿Muertos vivientes? ¿En realidad están muertos? Sabes, porque sabes, que no están muertos. Pero algo los hace moverse mientras se pudren, algo los hace más fuertes en las, ojalá, últimas horas. Si esto es así ¿Qué pasará después? Si estos bichos no comen ¿Qué pasará? Se morirán, supones. Se tienen que morir o terminar de descomponer, imaginas. Das gracias al sol, porque con el calor las cosas se pudren más rápido, dices. Pero, ¿y si comen? ¿Y si no necesitan comer? ¿Y si son algo más? 

El carro avanza. Al fin, le toca a la familia de tu novia. Frente al carro en el que vas se bajan tu novia, su papá, su mamá y tu cuñada, que llora. ¿Se bajan? ¿Por qué? 

- ¿Y esa vaina? - Pregunta tu papá. 

Te bajas. 

Averiguas. 

Están mandando a bajar a todos los tripulantes de todos los carros. Revisan algo en el carro. Lo aborda un militar y se lo lleva camino al puente. Preguntas a Marly, tu novia. Ella te dice que nada, que no están dejando pasar carros, por riesgo de que algo en el carro lleve la infección, que están guardando las pertenencias en otra parte para agilizar el proceso, que le ponen tu nombre y luego te las envían. ¿A dónde preguntan? Marly se pasa la mano por la frente. Ni quiere responder, y lo sabes. No es momento para ponerse a pensar en las cosas. ¿Pero y el equipo de supervivencia que preparaste? Perro a cagar. 

Ves a tu novia y a su familia montar una camioneta militar. Todavía cabe gente. Quizá no toda tu familia. Pero cabe gente. 

Los mandan a pasar a ustedes. Los revisan, un doctor les ve los ojos, apenas, y dice que están bien. Los manda a subir. Les dice lo que temías: 5 personas. Te haces el loco. Suben a tus padres, a tu hermano y su esposa, y a los niños. Te vas a subir. Una mano te baja. Piensas que en otro momento le habrías clavado los nudillos en la nuca (desde la cara) pero este no es el momento. Quieres que sea el momento, pero no. Te contienes. 

Tus padres arman alboroto, que son una familia, que los niños no hace espacio, que si alguien encima de las piernas de otro, que si nos arrimamos. Ves en a cara de militar la hijueputez concebida. La previenes. Dices: 

- Tranquila, madre. Yo me voy en el próximo. 
- ¡Tío! ¡Tío! - Gritan tus sobrinos. 

Piensas que tus sobrinos saben más que tú y por eso lloran. Lloran porque saben, lo sienten vibrar en sus huesitos, que esto se jodió. Les das un abrazo y sonríes. Con los cojones que te quedan sonríes porque les tienes que hacer sentir, aunque no lo creas, que todo va a estar bien. 

- Todo va a estar bien - dices. 

Arranca el camión camino al puente sobre el lago, se desaparece en el horizonte y empieza a llover. Las gotas se confunden con tus lágrimas. 

Piensa, que sí los puedes volver a encontrar, apenas el camión vuelva y pasen el puente y... ¿Llueve? 

Olvidaste prestar atención. ¿Por qué la gente está gritando, allá en el fondo? Vuelves la mirada al final de la cola y ves una estampida de gente corriendo. Vivos, te aseguras. Los infectados no corren así. ¿Pero por qué corren? ¿Tiroteo? ¿Aquí? 

Sabes que no. 

Sabes por qué corren. 

Sabes que dejaste de prestar atención y ya la camioneta no está, el arco no está, tus manos están desnudas. Volteas al militar y le ves la cara. Lo sabes, ese pantalón que lleva se jodió. Lo ves empuñar su arma, y por un segundo piensas en pedirle la pistola. Luego piensas en quitársela, luego en que deberías dejar de perder el tiempo pensando en tonterías. 

- Pana, ¿no puedo sacar nada de la camioneta? 
- ¿Ah? - El militar estaba lerdo, en pánico, mirando a la marea de gente que se avecinaba. 
- Mijo, la camioneta, que dónde está. 
- ¿Ah? 
- ¡Pila, mijo! ¡La camioneta! ¡Que no hay tiempo! 
- ¿Ah? 

Lo mandas a mamar. Te vas por tu propia cuenta, a trote veloz, a buscar la camioneta. Los militares están idos, no saben si apuntar o no, ni a dónde. No saben qué pasa. Ves la camioneta, pero volteas y te das cuenta: la estampida está por llegar. Si te agarran te aplastan. Te metes en la casilla de seguridad. Dentro un par de militares también están escondidos. Te miran asustados, como pidiendo complicidad. Luego siguen en lo suyo. Tienen un radio: 

- Coño no nos dejen aquí, por favor. No nos dejen aquí. Se lo ruego, capitán. Por favor, por honor a las... - Lo interrumpe una conversación que no logras entender - Capitán, capitán... 
- Ya está hecho.- Entiendes a través de la radio. 

¿Qué coño está hecho? Te preguntas. Segundos después entenderías la respuesta.

La horda de gente intentó pasar por el puente, corriendo, sin prestarles atención a los  militares. Corrían por su vida, escapando del brote de infectados que atacaba la base de la cola. Los militares, afortunadamente, no dispararon contra los civiles, pero esto no justificó lo que hicieron después, piensas. Una explosión, sientes el piso temblar. Más gritos, gente corriendo, nadie piensa lo que tú, nadie mira la casilla de seguridad. La puerta ahora está trancada, la trancaron los militares a los que se les escapa una lágrima. 

- Nos jodimos. Tumbaron el puente. 

Llévate las manos a la frente. Piensa en Marly, en tus sobrinos, en tus padres, en tu hermano. Piensa en ellos, y conserva la calma. Patea el mueble y conserva la calma. Grita maldiciones y conserva la calma. Ahora piensa en lo que está pasando afuera y conserva la calma. 

Gente está siendo devorada mientras tú conservas la calma. 

Sangre, imaginas, mientras escuchas los gritos desesperados. Los lemnosos están apenas fuera de esa puerta. Piensa, sécate las lágrimas y piensa. ¿Por qué llegaron tan rápido a la base del puente? ¿Por qué atravesaron la autopista tan rápido? 

Poco a poco los gritos se van apagando, ahogando, arrastrando con la sangre en el suelo. No quieres salir a ver la escena. Podrías quedarte ahí toda la vida. 

Pero nada. No puedes mantener la calma. 

Tan rápido, tan rápido, se van apagando. 

Y tú, te levantas. Sé un Alejandro Ortega mientras te levantas. Mira la puerta, escucha el silencio. No le prestes atención al militar que te dice que no la abras. Escucha las pistolas cargando, mira que apuntan a la puerta. Los militares se preparan. Tal como tú, quieren saber qué pasó. 

La mano en la manija. 

La manija en la puerta. 

Gira. 

Un rayo de exterior entra a tus ojos. La escena es surreal. 

¿Qué tanto pasaron? ¿5, 10 minutos? ¿Dónde está la gente? Brazos, más que todo, están regados en el suelo. Brazos cortados a mordiscos, parece, desde la base del hombro. No era raro ver, por supuesto, algún resto de quién sabe qué órgano, ojos, alguna que otra pierna, pero sobre todo brazos. Tratas de verlo lo menos humano posible, puesto que de otra forma, no podrías continuar. 

Piensa en Marly, en tus sobrinos. Piensa, presta atención. 

Solo un lemnoso aún camina, puedes ver. Abres lentamente la puerta. Sí. Solo un lemnoso camina ahora, hacia lo que fue el puente. ¿Qué hará allá? ¿Por qué se dirigen hacia allá? Miras hacia el otro lado, hacia el puente. Allá está la horda de lemnosos, sin prestar atención a lo que sucedía aquí. ¿Cómo llegaron tan rápido? ¿Cómo? 

No logras distinguir nada. Están muy lejos ya, seguro cerca del hoyo en el puente. 

Te concentras en el lemnoso que camina. Vomita de vez en cuando, verde. Le falta un brazo, sangra mucho. Su cara, perdida entre la sangre, te parece conocida. Un hombre delgado, desgarbado, y de rostro largo. Das con él. León, se apellidaba. Lo conoces bien. Piensas en las pistolas de los militares. Pero no, así no. 

- ¿No tienen por casualidad un bate o pata de cabra? - Le preguntas a los militares.
- Verga mijo, no. Esto, nada más. 

Un rompe huesos. Negro, pesado, hermoso. 

- En un ratico vengo. 

Sé un Alejandro Ortega, y piensa en tu familia, asesta otro golpe, piensa en tu novia, asesta otro golpe, piensa en el puente, asesta otro golpe, piensa en Maracaibo, asesta otro golpe, piensa en tu sobrino, asesta otro golpe, piensa en lo mucho que querías hacer esto, asesta otro golpe, otro golpe, uno más, a lo que queda del puré de cabeza en el suelo, uno más, uno más, uno más, hasta que por alguna magia se devolviera el tiempo y nada de estuvo pasare y pudieses irte con tu familia. Ahí, con tu sobrino, en la otra orilla, donde ya no tendrías que preocuparte por ser un Alejandro Ortega. 

29 de agosto de 2011

Capítulo 14: El Procedimiento Ortega II

Día 4: Tarde, temprana.

Sé de nuevo un Alejandro Ortega en tu casa y refugio. Confirma que lo que siempre ha sabido como peor escenario se ha hecho realidad en tan solo cuatro días: mañanas y noches que has pasado calculando posibilidades con toda tu familia, ahorrando comidas, agua y electricidad, reuniendo todo lo útil para la estadía en el refugio y todo lo necesario para una posible evacuación; mañanas y noches en las cuales habrás estado pendiente de las noticias de la radio y televisión, y hasta de los medios no convencionales, sin mucha esperanza en soluciones finales. No te confíes de los informes oficiales, no te confíes de los refugios alternativos, no te confíes de las salvaciones gubernamentales, ríe un poco por dentro, un poco por lástima, del pobre refugio del liceo Lucila Palacios al que te invitaron hace poco, al que llamaron seguro e impenetrable, y que ahora es festín de sobras para los pocas alimañas que sobrevivieron a la matanza. Ríe un poco porque sabías lo que sucedería, ríe un poco porque has leído esto, y ya estabas preparado, llora un poco porque no todos tus amigos lo estaban.

Piensa en tus amigos. Los habrás llamado regularmente en los días que has pasado en tu casa, y a los que no has llamado has contactado por medios electrónicos. Maurizio está bien, Marly está en su casa ahora, Anita salió del estado por un asunto del trabajo, no te logras comunicar con Joy y temes lo peor ya que sabes a lo que estuvo sometido su edificio, Porras no está en Venezuela, Alberto tampoco pero te llama constantemente para estar enterado del proceso: te cuenta que allá no se sabe nada de los detalles de lo que ocurre; te alegras por los que están bien, lloras ya la pérdida de los que no has sabido nada. Son tus amigos, son tus hermanos, pero sabes que si te los encuentras caminando erráticamente por la calle, ya no son ellos. Les harás el favor que querrías que te hicieran a ti si fueras tú el infectado.

Anótalo todo: el primer día y los infectados lentos y torpes, el segundo día y su hambre descomunal, los puntos débiles no focalizados, la actitud errática, la costumbre por subir a los lugares más altos y quedarse ahí. Anota también lo que has descubierto observándolos desde tu balcón: no sabes aún qué sentido usan, pero no estás seguro de que sea la vista o el oído; se están haciendo más pálidos cada vez; no les gusta el sol del medio día, pero pueden estar en cualquier luz que no sea demasiado fuerte; no le temen al fuego, a las linternas, ni a ninguna fuente de luz que no sea el sol, a pesar de que les desagrade estar iluminados; se están moviendo más tiesos y más rápidos cada vez, como una araña de cuatro patas heridas; no les importa caerse, lastimarse o que los lastimen; solo caen cuando se desangran hasta cesar sus funciones, si es que mueren; nunca has visto uno que no tenga nada de vida en sus ojos y temes eso; y finalmente: son feos, cada vez más y más feos.

Termina de almorzar el pancito con atún que te preparó tu mamá mientras piensas en estas cosas, mientras tratas de atar cabos: han cambiado, y siguen cambiando; nada asegura de que este sea, en sí, el estado final de esta enfermedad. Límpiate la boca, sube a la terraza de tu casa. Ahí estará tu hermano haciendo lo mismo que querías hacer tú. Chequean juntos el portón de la urbanización cerrada en donde viven. 15 infectados intentando entrar: meten los brazos, intentan meter la cabeza a través de la reja, muerden la reja, se muerden de vez en cuando, vomitan. Frente al portón hay una piscina verde de vómito lemnoso. Temes las posibilidades de contagio.

- ¿Ta todo listo, Gordo?
- No sé, papi está preparando las cosas.
- ¿Y los niños?
- Con mami y Mónica.
- ¿Viste que jugamos ayer otra vez a Star Wars?
- Sí – sonríes – y esta vez él era Darth Vader.
- Sí chico. Tan chiquito…

Leo, tu hermano, no completa la frase. Tú ni ganas tienes de que lo haga. El lado oscuro ahora es verde y está en el portón de tu casa, amenazando todo lo que conoces y amas.

- Yo creo que papi ya está listo – Di, y ve a revisar.

En el garaje tu papá está pasando lista de todo lo que va en la camioneta. Revisas la lista: Alimentos no perecederos, mucho atún, linternas, pilas y más pilas, radio de pilas, varios objetos contundentes y armas, ropa, varias cobijas, un par de camas inflables, la cámara, celulares y cargadores, dinero en efectivo y tarjetas, y otras cosas más que aún no estaban marcadas. Decides ayudarlo a completar lo que falta.

- Traete el pote de carne, y tu arco – te dice.

Buscas primero el pote de carne, está en la cocina: un pote sellado de carne podrida que preparaste como señuelo en caso de encontrarte en una diatriba. Sabes bien que los infectados no diferencian entre carne viva o muerta, carne humana o animal: tan solo quieren clavarle sus dientes a algo. Pesa, el pote. Mételo en la camioneta. Ahora busca el arco, está en tu cuarto. Piensa que es la mejor adquisición que has tenido en tu vida, y que la técnica de arquería es la mejor habilidad que tienes ahora. Revisa todo lo que hay en el estuche: 12 flechas, el arco desarmado y el limpiador que has preparado: un cilindro de goma espuma recubierto en plástico que has preparado con cloro y alcohol, no importa la infección que tenga la flecha, no sobrevivirá al pasar por ese limpiador. Ten 3 de estos de todas formas.

Ya estás casi listo, ya todos están casi listos. Revisa tu celular y llama a Marly, dile que vas saliendo. Tranca la llamada y date cuenta de la llamada perdida: Vicky. La llamas y te das cuenta de que se te ha adelantado. Ya está en la cola inmensa que hay para salir de la ciudad por el puente sobre el lago. Mierda, dices. Apura el paso.

Camioneta lista, equipaje listo. Calientan los dos carros en los que saldrán tú, tu hermano, tu mamá, tu papá, tus dos sobrinos, su mamá, tu hermana y el novio de tu hermana. Sales a tu misión, encomendada a ti desde que se te ocurrió el plan de evacuación. En la calle de la urbanización te paras frente al portón con el arco ahora armado, lo dejas a un lado. Tomas una flecha, te acercas al portón. El ruido de los infectados se hace más frenético. Tu mamá está angustiada detrás de ti, lo sabes, pero no hace el más mínimo ruido. Tu papá está mortificado en el carro, lo sabes, pero espera callado tu operación. Solo escuchas el gargajeo eufórico de los lemnosos en el portón y el sonido de los dos carros. Aprieta tu flecha, acércate al montón de brazos y, con cuidado, clávala entre la ceja y ceja del infectado más cercano. Sentirás el cráneo romperse con resistencia, y luego la flecha adentrarse en lo que fue el gelatinoso órgano de pensamiento, que ahora desprende un desagradable olor al sacar la flecha. Caerá al instante en un ataque epiléptico y se dejará de mover. Aléjate ahora de la cerca. Limpia la flecha. Uno menos, faltan 14. El sonido de dos carros, los gargajeos y tú. Repite la operación, cae otro. El sonido de dos carros, gargajeos y tú, otra vez, cae un tercero, y así un cuarto, un quinto, y el sonido de un tercer carro. Te volteas, siguen ahí los dos carros de tu familia, listos para salir, no hay más en la urbanización. Mira entonces más allá del portón: un carro se acerca por la plaza, esquiva infectados y acelera a la urbanización. Mierda, di. Mierda, es. Es un carro conocido, un carro de la urbanización, un carro de un vecino que va llegando a su casa, al fin, luego de haber escapado de quién sabe qué horrores, y que esperas, no sea tan imbécil como para activar el portón eléctrico desde su carro con el control. No seas imbécil, di. Marico, no. Ay marico, no. Aprieta la flecha, y alguna otra cosa que puedas apretar, el portón se activa.

Te volteas de inmediato y corres a la camioneta. La puerta se abre y saltas dentro. En la camioneta abraza tu hermana, y busca el pote de carne. Tenlo a mano.

El portón abierto sirve de alivio a los infectados que ahora entran, los 9, los 10, los más, y como los dos carros de tu familia ocupan la calle ni ustedes pueden salir, ni él puede entrar. Cornetas, infectados, vómitos, cambios de luces. Ten miedo, ten más miedo que eso. Lo sabes, no puedes salir si no se resuelve esa situación inmediatamente. Resuelve esa situación inmediatamente. Necesitas tu arco, necesitas tus flechas, y tienes la carne en la mano.

Toma una bocanada de aire. Abre la carne podrida, saca un pedazo, abre el vidrio y lánzalo. Los 3 o 4 infectados que estaban encima de la camioneta saldrán tras él. ¿Visión, olfato? No te da tiempo de pensar. Corre, ignorando los gritos desde la camioneta. Corre duro, y toma el arco, las flechas, y apunta hacia el carro entrante. No se mueve. Mierda, di. Mierda, es. Corre de nuevo al carro y lanza, duro, más carne podrida. Caerá apenas en la piscina de vómito. Infectados se concentrarán frente al carro entrante, el cual tendrá pánico y saldrá de ahí en retroceso.

- ¡Arrancá! – Dile a tu papá. "Pa que sea serio" piensa, y respira.

Pican cauchos, pasan sobre la montaña de cadáveres. Se siente como el peor hueco en el que han caído. Se siente como pasar sobre un montón de frutas que se destripan y derraman sus jugos. Ya saliste de ahí, de tu casa. Respira. Todavía huele a carne podrida.

Tu hermana te da crema para las manos, pero aún no se va el olor. Piensa que esa podredumbre es inevitable ahora, en cualquier parte de la ciudad. Recuéstate, respira más. Recuerda, casi con una sonrisa, la banda sonora de aquel juego apocalíptico, Fallout, y búrlate a tus adentros de lo preciso del recuerdo. Mira hacia tu vieja casa y despídete, ahora sorpréndete, los cadáveres, agujeros en la frente y todo, se están levantando. Definitivamente la infección está empeorando.



3 de junio de 2011

Capítulo 6: El Procedimiento Ortega

Día 2: anochecer

Ingredientes:
Lo que consiga en el camino.
Agregue cojones a gusto.

Procedimiento:
Sé un Alejandro Ortega sentado en tu celda provisional: te tienen ahí antes de procesarte, o tal cosa habrás escuchado. No sabes cómo será dicho proceso dada la emergencia médica que se está presentando. Pura mierda, sabrás, porque están todos jodidos, al menos en esa zona, en la que la infección ya se ha salido de control.

Ya has pasado más de un día tratando de explicarle al güevón que te tocó por guardia la situación en la que se encuentran, que si no salen de ahí se van a joder, que si quieren te mantengan encerrado, pero lejos – de - ahí: lo sabes bien, has estado informado pelando la oreja a las conversaciones entre oficiales: los lemnosos van a llegar pronto al centro de coordinación policial 2, o así llaman al lugar en donde estás contenido, que no está para nada lejos de la pobre Santa Lucía. A todo esto el guardia no te entenderá, no te escuchará, no te parará la más mínima bola. Se quedará ahí, escuchando su rockcito del año de la pera en su radio de mala muerte, que ni tan mal está para ambientar.

Tu celda es espaciosa, con suficiente espacio para meter a muchas más personas; pese a esto sólo estás tú, porque todos los demás están ya procesados en los respectivos retenes, o son libres, en sus casas, cuidando de sus familias. Piensas en tu familia, a la que ya has llamado y has mentido descaradamente, diciéndoles que estás en cualquier otra parte: no quieres a tu familia viniendo a buscarte, a pelear con los policías para que te saquen. Lo piensas bien: ellos están lejos de la infección; tú no tanto, pero estás protegido en un lugar con armas y personal de seguridad; si ellos vienen no estarán tan protegidos, ni tú tan tranquilo.

Porque estás tranquilo en tu celda, sentadito, midiendo hasta los pasos de la cucaracha que se aventura entre tus pies. No la matas, pa qué. No haces ni un movimiento innecesario, ya no. Estás tranquilo en la comandancia y verás cómo cada uno de los oficiales es llamado a servicio. Poco a poco, se irán quedando solos tú y el asignado.

Llevas el conteo de los días, y para la mañana del segundo día sólo están tú y el oficial asignado para no dejar el centro de coordinación desprotegido, todos los otros oficiales de turno (y no de turno) están trabajando; sabes muy bien por qué. Tú en tu celda, el policía no muy lejos, en su escritorio, en la música de su radio. No puede escucharte, pero tú sí puedes escuchar la perorata inentendible de REM anunciando el fin del mundo. Casi te ríes de la ironía, pero te lo impide el pesado paso del tiempo, el encogimiento del espacio en el que estás encerrado, el sonido del talón de tu zapato contra el piso cada cuarto de segundo, el entumecimiento de tu pantorrilla por tener ya mucho tiempo haciendo esto - porque el tiempo de la espera se mide por la ansiedad de la pierna derecha-, porque todavía estás aquí y tu familia allá y ya ha caído la tarde. La radio ha dejado de sonar.

El oficial se acerca a tu celda, se rasca la panza que da la forma redonda a su camisa marrón claro. Brilla su bronce en el cuello de su uniforme, su pistola está en la funda, pero sin el seguro de la misma. Se rasca ahora el bigote, se seca el sudor de la frente, quiere decir algo y no sabe cómo. Le sacas las palabras.

- Bueno mijo, o me decís o me matáis a tiros, porque igualito me estáis matando, loco.
- Ciudadano ¿Ortega, es que es?
- Ajá.
- La vaina está fea.
- ¿Vos creéis?. Entonces ¿Qué vamos a hacer?
- No, ciudadano. Yo no puedo dejarlo salir, entiéndame.
No pierdas la calma. No pierdas la calma. A la mierda la calma.
- Verga, oficial. Nadie más va a venir pa acá. No me vayáis a dejar sólo, loco, sé humano. Entendeme vos a mí.

El oficial respira. Se soba el cuello, se rasca detrás de la cabeza. Te suelta la noticia:

- Ya hay gente rara allá afuera
- ¿Rara? – Dirá tu voz de garganta seca, la noticia te quiebra un poco la voluntad.
- Bueno, enfermos pues.
- Ajá… - Dices, mientras piensas “tirame una verguita, loco”.
- Yo no puedo quedarme aquí, llevo trabajando horas extra por esta vaina, y yo me tengo que ir, pues, a ver cómo está mi familia y eso. ¿Entendéis?
- Claro…
- Entonces, bueno. Eso, me tengo que ir, chamo.
- ¿Y me vais a dejar aquí? Oficial, vergación, sea humano – imploras, nunca muy humilde, aguantándote otras palabras que no dejas salir.

El policía no dice más y se retira de enfrente de tu celda. Qué más coño, piensas. Quieres darle un golpe a la pared, pero piensas que podrías necesitar ese puño. Mides el espacio de la reja, la pared, el suelo. ¿Cómo serán los lemnosos? ¿Tendrán fuerza? ¿Podrán pasar por la reja? ¿Podrán caminar sin miembros y caber por la reja? ¿O quizá apilarse en la puerta de tu celda y tumbarla? ¿Qué sentidos tendrán? ¿Podrán verte si no te mueves? ¿Podrán olerte si te cubres con algo? ¿Y con qué coño te vas a cubrir en una celda? ¿Qué hay en una celda? Observas tu entorno, pared, pared, pared, reja, pared, pared, pared, reja, y en la reja, la sombra de alguien.

- Ajá chamo. Lo único que puedo hacer por vos es esto. Tomá.

El oficial, con un bolso colgando de un hombro y la pistola mal empuñada en la otra mano, te da las llaves. Suenan a gloria en tus manos, esos tintineos metálicos. Te atreves a pedirle la cola a cumbres de Maracaibo. Te niega el aventón. Te dice que vive en otra parte, y que es mucho desvío. “A buen mojón”, piensas, pero no tentarás tu suerte. El policía se va, y ahora estás solo.

Comienza la preparación, así que pon mucha atención. La siguiente parte debe hacerse con mucho cuidado:

Llave en mano abre la puerta de tu celda, saca la cabeza primero y echa una mirada: no debe haber nadie, sin embargo no debes arriesgarte a salir despavorido y toparte con infectados que hayan entrado en el centro de coordinación.

Desolado, efectivamente. Camina con cuidado, por favor. No hagas mucho ruido, no sabes si detrás de aquella puerta hay alguien. Mano en la manija, abre con cuidado. Observa: no hay nadie.

La salida está más adelante. Camina a través de la habitación en donde hay un escritorio, archivos, computadoras, estantes varios; camina con cuidado. Mide tu alrededor. Un archivo, no. Un escritorio, sí. Te acercas al escritorio, desconectas el cableado inherente: computadoras, teléfonos. Mueve el escritorio y tapa la puerta. Una vez hecho esto, revisa tus alrededores: encuentra tu celular descargado junto con tus pertenencias. Busca ahora un objeto contundente, un rolo, no: estos policías no usan rolos. Un tonfa servirá, pero no encuentras ninguno. No hay tubos, bates, llaves, ni barras pataecabra. Revisa más, debe haber una armería. La encuentras, y está cerrada. No tienes llave para abrirla, así que te toca usar tu delicadeza.

Una vez destrozada la armería sécate el sudor, descansa un poco. Revisa lo que encuentras: 4 berettas reglamentarias, 5 clips de carga, 2 bastones extensibles inmovilizadores, o “rompehuesos”. Busca algo que te sirva de bolso, una bolsa de basura. Echa su contenido en el suelo, y mete lo encontrado, exceptuando un bastón y una beretta. Revisa la carga de la pistola, tal como te enseñaron tus padres. Quítale el seguro, ponla en tu correa. No busques una funda, no será necesaria. No, tampoco encuentras nada que comer. Tienes hambre, claro, pero debes disponerte a salir.

Mueve de nuevo el escritorio que bloqueaba la puerta y echa una mirada: deben haber 3 o 4 individuos caminando fuera del centro, por la carretera. Disponte a hacer la prueba: abre la puerta, apunta, dispara.
Cierra la puerta y bloquéala con el escritorio. Espera.

Nada sucede. Anota en tu mente: no son atraídos por el sonido. Repite el procedimiento de abrir la puerta. Revisa: no le diste a ninguno, pero ninguno se ha interesado en ti. Caminan dirigidos al otro lado del camino, hacia la parte más alta de esta subida que es Valle Frío. Aventúrate a salir un poco más, levanta los brazos, muévelos. Un poco más. No te ven. Anota en tu mente: no ven bien (debe comprobarse mejor, ya que lo has hecho todo en la oscuridad de las 7 de la noche, aproximadamente, calculas). Regresa por tus cosas, sal de ahí y busca una manera de irte. Piensa: Patrullas, no hay. Las otras patrullas serían las de polimaracaibo, que se encuentran bajando todo Valle Frío hasta llegar a la vereda, probablemente no una caminata agradable. Descartado. La mejor opción es caminar hacia una vía transitada: debes llegar a la avenida 2 “El Milagro”. Nombre apropiado.

Toma el camino hacia El Milagro, subiendo por Valle Frío y luego bajando a la izquierda por la calle 81. En el camino evita a los infectados. No hagas ruido, no llames la atención. No te creas en una película de zombis.

Pero ya llamaste la atención.

No sabes qué fue lo que hiciste que los 4 pobres diablos que caminaban delante de ti se voltearon y se quedaron mirándote. La pistola, no. El bastón extensible en tu mano izquierda, un movimiento brusco y se convierte en un amenazante palo negro que te da una frágil seguridad. Los lemnosos empiezan su caminata hacia ti. ¿La pierna? No. Caminando hacia ti podrían caerte encima. Lo piensas bien y no te queda de otra que darles en la cabeza.

Un sonido seco, el bicho cae a un lado. No hiciste mucho esfuerzo, quizá ni le rompiste el cráneo, pero funciona. Repites el procedimiento con los otros 3. No mucho esfuerzo, todo fácil. No se levantan de nuevo, no crees que necesites de un segundo golpe de seguridad: no los golpeas de nuevo. Trotas. Las cosas en tu bolsa hacen un ruido apenas molesto para ti. La esquina de la 81, cruzas.

Te devuelves corriendo, pero ya es tarde: te han notado.

Más de 50 al menos, no alcanzas a contar, caminan con violencia para alcanzarte. El sonido que hacen es espantoso: una ruptura de garganta y cuerdas vocales. Te duele el cuello de solo escucharlos. Ni se te ocurra sacar la pistola, ni se te ocurra enfrentarlos. Sabes que no puedes con tantos. Un carro. ¿Se acerca un carro? Rojo y azul, luces.

Una patrulla, reconoces al oficial que te arrestó en primer lugar: Gómez. Estaciona la patrulla delante de ti.

- Arriba pues.
- ¡Voy! – le dices.

Te montas en su patrulla y él da la marcha en retroceso, mete la cola del carro en el estacionamiento de un edificio y arranca a voltear el vehículo en sentido contrario. Por esta vía, volverán a Pichincha y podrán salir por otras calles. Respiras, respiras, vuelves a respirar.

Un entendimiento silencioso te da una calma añorada, Gómez entiende que la situación es especial, y que no puedes ser procesado como un criminal dadas las circunstancias. No te lo ha dicho, pero lo sabes. En el camino no hablas mucho, miras por las ventanas y ves cómo no hay nadie en las calles: los carritos de comida no salieron, Maracaibo parece dormida, como de 4 am y ves en el reloj de la patrulla que son apenas las 8. La radio se comunica de vez en cuando, anuncia un montón de números y vuelve a callar: “Cambio, un 26 en la 83. Cambio, incidente en el Coromoto, repito, incidente en el Coromoto, cambio, qué verga es esta, argón 2, argón 2”… Gómez aprieta sus labios, no dice nada. Tampoco le quieres preguntar. Llegas a cumbres de Maracaibo, no hay rastros de infección. Antes de bajarte Gómez te quita las berettas y las cargas; te deja el bastón extensible.

- Verga Gómez, gracias.
- Tranquilo papá. Cuídese pues.
- ¿Pa dónde vais ahora? – Te atreves a preguntar, no sabes muy bien por qué.
- A servicio – dice Gómez tras un suspiro – a cuidarlos a ustedes.

Entras a tu casa, tu hermano te abre la puerta y te mete a punta de abrazo. Tus dos sobrinitos también están. Tu mamá, tu papá, tu hermana, su novio, tu cuñada; te reciben con la sonrisa que esperabas, que dibujabas en tu mente en el tiempo que estuviste en la celda. En la mesa notas 2 armas, sus cargas, y varios objetos contundentes, le preguntas a tu hermano.

- ¿Eso fuiste vos, Leo?
- Claro, gordo. Quién más – te responde.

Pones el bastón en la mesa junto a las otras armas, y te sientas a descansar.

- ¿Comiste? – Te pregunta tu mamá
- Verga, tengo hambre.
- Hice arvejas.
- Véngase.

Y cenas con gusto y calma.

Piensas en redactar lo descubierto en el proceso y montarlo en la alguna parte de internet, pero sabes bien: los maracuchos jamás leen las instrucciones.

4 de mayo de 2011

Capítulo 2: Acordonamiento

 Día 1: Mañana  

- Pero Resident Evil 2 es el mejor.
- ¿La película?
- No chica, el juego. Es el mejor. Con ese sí te cagabas. Porque ajá, eran zombis y tal, pero no tenías todo ese mollejero que te daban en los otros.
- Las armas y tal ¿Verdad?
- Sí, todo ese mollejero con que matabas gente. Pa’ unas balitas tenías que parir corriendo entre los zombis, que eran lentos, ajá, pero eran muchos. No sé. A mí sí me cagaba. Digame cuando andabas tranquilazo por algún pasillo ¡zam! Rompen las ventanas el verguero de muertos, babeando por vos. ¡Ce-re-bros! ¡Ce-re-bros!
- Primero, era “se-sos”, y eso no era en el juego. Era en la película de Los Muertos Vivientes. Los muertos de Resident Evil no hablaban. Bueno, no hasta el 4, que hablaban con el españolete ese. ¿Cómo es que decían? “¡Cogedlo! ¡Voy a cogerte!” Esos vergos sí que daban miedo.
- ¿Tenéis miedo a que te coja un zombi, papá?

Andrea deja la conversación atrás, en el sueño, ante el sonido lejano de su celular. Era una canción que ella debía reconocer, claro – ella la había seleccionado como despertador – pero con tanto sueño no hablaba el lenguaje de los despiertos, o de los vivos. Se estira en la cama, enrollada en su edredón, y despega sus labios en un bostezo. Se restriega los ojos, siente las salientes de sus delgadas manos frotando sus pestañas, sale de la cama. No es sino hasta que se lava la cara que Andrea nota el mundo. Su casa ha despertado, como siempre, ruidosa. La gritería de la gente, sus primos, sus tíos. ¿Su mamá? No, seguro ya se fue al trabajo. Mientras piensa estas cosas ya se ha cepillado. Se sienta en el retrete. No se ha bajado el pantalón de la pijama, flojera. Se lo baja. El frío de la poceta despiertas sus nalgas, tensa su pelvis y la obliga a orinar más rápido. ¿Qué hora es? 6:14. Qué lento, todo. Qué lento.

Vestida, baja a desayunar, no sin antes acomodarse la cola de caballo. Su pelo, recogido, latiguea su espalda mientras baja a paso ligero los escalones. Buenos días, y todo el protocolo. Se sienta. Cereal. No sabe a nada. Lo come por inercia. En la tele no pasa nada, o pasa lo mismo y da igual. Alguien grita ante un micrófono. Andrea se fija directamente en la franela: roja. Ah, ya. Derechos, porque el pueblo, no dejaremos que vuelvan, el imperio, power off. Al apagar el televisor Andrea nota que se ha terminado el cereal. ¿Estamos listas? Su tía la va a llevar a la universidad.

Ya en el carro se pone sus audífonos. El rugido del motor se pierde tras el tecladito lento de la Danza de los Esqueletos, de Desorden Público. La percusión termina el trabajo de abstraerla del mundo. Cierra los ojos. ¿Qué pasaría con Karina anoche?

Algunas noches atrás Andrea teme recordar que se besaron mientras sus manos hacían otros pactos. Karina, tras el beso, y mordiéndose los labios, sonríe, y se va. Se fue. Andrea quería algo más y Karina, qué. ¿Qué quería Karina? Se lo preguntó, y no son cosas para pensar con esta canción. No. No se va a poner a pensar en estas cosas y tan temprano. Suspira. “Bajo la luz de la luna, danzan los esqueletos” murmura. Se imagina un montón de esqueletos en una danza graciosa y alegre. Se mueven torpemente, juegan con sus huesos, hacen la música “para que siga la fiesta”. Rompecabezas de huesos. “Mi amor daltónico tampoco ve color”, canta. Llegan a la universidad.

Caminando por los pasillos de la URU, universidad privada en la que estudia psicología, mira a los rincones. Gente comiendo, hablando. Que si el Madrid, que si el Barça. No marico esa camioneta, no weón.

- Y las lolas de aquella coña, ‘taba ‘esplotá’ de buena – alcanza a escuchar en la conversación de dos chamos sentados en una banca.

Pechipalomos, los llamaba Andrea, pues siempre cargaban el pecho al frente, como palomas.

- Andre, qué fue – la saluda Roberto, que ha salido de la nada.
- Qué fue Roberto – lo besa en la mejilla. Nota que aún juega con su iPad, el mismo juego - ¿Ya mataste a los zombis?
- Nah, esta vaina es muy larga. Hay que dedicarle dedicación
- Valga la rebuznancia, ¿no? – Se ríe.
- Va, me entendiste. Mirá, ¿Te comunicaste con Karina anoche?
- No – dijo, en seco.
- La atracaron, loca. A ella y a su hermano, que la llevaba pa’ tu casa.
- Dios… ¿En serio? – Se le aflojó el corazón - ¿Está bien?
- Sí, me dijo que sí. Se conectó ayer un rato y chateamos cuando llegué a la casa.
- Mierda… Y yo pensando cualquier cosa… - dice, mientras lamenta no haberse conectado anoche, ni esta mañana al despertarse. Raro en ella.
- ¿Cómo qué?
- No. No importa. Tonterías. Tengo clases ahorita. Tengo que entrar, nos vemos después.

Atrás queda la imagen de Roberto, cubierto por su innecesario suéter a estos 39 grados más o menos. Entra a clases, mientras el sonido de una sirena, dos; un grupo frenético de sirenas de policía – reconoce – están haciendo una caravana. Están haciendo una caravana, sí, piensa Andrea. Cierra la puerta de su Salón
Pero la caravana se está dirigiendo a la esquina del semáforo de Pichincha, entrada a la Vereda del Lago y de la URU. Han trancado la vía que da hacia la Biblioteca, hacia Padilla, Santa Lucía y el centro de Maracaibo. Rápidamente han estacionado las patrullas de manera que tranquen el paso de carros desde Pichincha a la Vereda o al centro. El único paso libre es hacia Milagro Norte: la vía contraria. Caos, muchos carros querían transitar hacia el centro. Los policías reciben mil maldiciones.

- ¡Marditos! – Acento en la i - ¡Tengo que ir al hospital!
- Disculpe, ciudadano, el paso al hospital está prohibido. Hay una epidemia de
- Váyase pa’ la verga, ahora si nos jodimos, puej – dice el conductor moviendo el volante con brusca fuerza – con una gripecita, lo que nos faltaba. Por cualquier mariquera trancan las calles. Después no se quejen cuando los llamen Nucitas.
- Señor – dijo el señor Nucita – oríllese a su derecha por favor.

Más tranca, más tráfico que causa que Alejandro llegue tarde a la escena. Como camarógrafo de TVLUZ – La televisión de la Universidad del Zulia, pública y del pueblo– tiene que grabar todo lo que sucede. Su cámara guarda las imágenes del embotellamiento, del acordonamiento y de lo que hay más allá: una calle prácticamente desolada y enorme, de 4 canales separados por una isla. Más adelante está la plaza Ana María Campos, la entrada al barrio Santa Lucía, y también la Biblioteca Pública. Zoom, más cerca: una camioneta de la guardia. Gente corriendo. Gente ¿Enferma? ¿Locos? “Pero si esta vaina no es el manicomio”.

Un grupo de gente corría hacia el acordonamiento, hacia donde estaba Alejandro grabando. Al salir esta gente de la lejanía pudo notar su detalle: bata del Hospital Central.

- Graba aquí, Alejandro – le dice la reportera, mientras prepara unas preguntas para el oficial al que entrevistará. Alejandro enfoca la entrevista.
- Son pacientes – le dice el policía a la reportera – lo que estamos viendo en este momento es el brote de una enfermedad que les afecta a los pacientes afectados en el cerebro y modificando su comportamiento. No podemos dejarlos salir, porque aparentemente según nos informan la enfermedad en efecto es contagiosa.
- ¿Y cuáles son las vías de contagio? – Pregunta la reportera
- Hasta ahora los pacientes afectados presentan un comportamiento inusual entre los pacientes. Su proceder es a través de los dientes, ya que efectúan mordidas sobre las víctimas – al decir esto, el oficial hace una pausa. Observa la mirada asombrada de la reportera, y agrega – pero nada tiene que ver con las historias de ciencia fixión – enfatiza en el x –: no son zombis, son pacientes. Pedimos a la población que mantengan la calma, que aquí habemos muchos policías en función de proteger a la ciudadanía de la ciudad. Es un procedimiento normal.

Al fondo se escuchan gritos. “Normal mis bolas” piensa Alejandro mientras enfoca ahora la calle tras el cordón de seguridad: pacientes del hospital caminan con torpeza hacia los policías. No parecen escuchar, no parecen entender. Su único objetivo es alcanzar a los policías quienes, en posición de alerta, les dan instrucciones. Alejandro mira al cielo y dice -Tú me estás jodiendo. 

- Oficial – invita Alejandro mientras se acerca al policía más cercano, su identificación en el pecho lo llama Gómez – prepare su pistola porque esta vaina está fea.
- Tranquilo ciudadano –dice Gómez con calma, pero con la mano en su funda – esto es sólo una enfermedad.
- No me lo pase por la nariz, Oficial – replica Alejandro mientras deja de mirar la cámara para hablar con Gómez – que se nota que no tienen ni idea de lo que la verga esa está haciendo.
- Pero tenemos órdenes, chamo – contesta Gómez, acortando la distancia entre sus jerarquías – y hay que acatarlas. Estamos aquí pa’ protegerlos a todos: a vos, a ustedes, y a ellos.

Alejandro mira a su alrededor. Con sólo una cámara en mano se siente inseguro, ansioso, intranquilo. No se calma, no deja de buscar con la mirada, hasta que consigue una cabilla mal puesta entre un montón de basura en una esquina. Es corta, quizá lo que sobró en la obra de construcción que está frente a la bomba, en ese mismo semáforo, seguro; quizá medía lo que su antebrazo, pero bastaría. Con eso en su zurda y la cámara montada en su hombro derecho se sintió ligeramente protegido, o lo suficiente como para seguir grabando.

Gritos, una mujer.

Una morena en bata corre despavorida hacia el cordón. La cámara de Alejandro lo graba todo, lo nota: tiene una mordida en el brazo. Grita, no se le entiende. ¿Gente? ¿A la gente?

-¡Están mordiendo a la gente! ¡Están locos! ¡Déjeme salir! – Grita la mujer pegada al cordón de seguridad, estirando los brazos hacia los oficiales que no le permiten el paso - ¡No quiero que me muerdan!- Llora- ¡Déjeme salir! ¡Nos van a matar aquí!
- ¡Déjenla salir! –Gritan los mirones: ya han tomado partido, y han decidido que los policías están haciendo mal.
- La pinga –asevera Alejandro – esa coña sale y nos jodimos todos. Está mordida – nadie lo escucha – ya está jodida.

Si está mordida, está jodida, piensa. Su cámara se queda fija en ella mientras decae: aparentemente pierde las esperanzas y se sienta pegada al cordón de seguridad, mirando al otro lado, pendiente de los otros pacientes que caminan erráticos en la calle a unos 100 metros. Pero la cámara de Alejandro no graba a estos pacientes, poco le importan. La cámara graba a la mujer que está mordida, y jodida, sentada en plena calle, sin importarle mostrar sus intimidades y su mordida en el brazo.

- Disculpen que interrumpa, profe – dice un bedel que ha entrado al salón de Andrea – pero por medidas de seguridad los oficiales han mandado a evacuar la universidad. Hay una situación en la calle y tenemos que, con calma, dirigirnos a las salidas de la universidad, de la vereda y a nuestras casas. Así que por favor, colaboremos con… -siguió diciendo otras cosas.

Pero Andrea ni le paró. Estaba en Twitter, en su celular, dejándose rodar por los distintos tuites que ni leía. Buscaba uno, o un usuario más bien: @KaR1n4_... No ha tuiteado desde antier. Supone que, con el celular robado, no podrá tuitear mucho. Revisa su facebook, nada interesante. Revisa su msn, Karina no está conectada. Va a revisar su Gtalk.

- Señorita, la situación es en serio – le dice el bedel, ahora frente a su escritorio.
- Sí – murmura Andrea.

Llama a su mamá. No contestan. Llama a su tía, le pide que la vaya a buscar. La tía acepta. En 10 minutos. Mira que hay cola. Unos 15 minutos, entonces. Baja.

- Andrea – jadea Roberto mientras corre, la alcanza, y le pregunta- ¿Me puedo ir con vos a tu casa? No me pueden venir a buscar y no puedo agarrar carrito con el iPad.
- Sí, dale. Les dices que te busquen en la casa cuando puedan.

De todas formas los carritos, zombis automovilísticos de Maracaibo, no estaban funcionando en esa zona debido al acordonamiento. Se dan cuenta de esto al estar esperando ya en la entrada de la Vereda donde Alejandro, desde la otra esquina, graba a la mujer que ya no está sentada, se ha parado, y camina hacia una esquina del cordón donde hay menos gente. El montón de mirones y – puta empujadera – maldice Alejandro, no dejan ver a dónde se mete la mujer cuando la pierde de vista. ¡Alejandro, grabá aquí! Los pacientes se han acercado demasiado al cordón obligando al escuadrón de repuesta de la Policía Regional a montar una barricada con los escudos de plástico, contra los que se estrellan los pacientes como intentando traspasar, como si los mismos escudos no existieran. Alejandro lo graba todo al tiempo que su mano izquierda aprieta la cabilla. "La mujer", se recuerda, y la busca con la mirada y con la cámara.

La encuentra: ha salido, camina fuera del cordón de seguridad y se dirige a Andrea, en la que parece tener fija la mirada, y camina, más rápido, más seguro, torpe, se acerca. Alejandro da la cámara a Gómez ¿No vais a hacer nada? ¿Y qué puede hacer el oficial? Sólo Alejandro lo sabe: "si esa coña muerde a alguien de afuera, nos fuimos en mierda". Y Gómez no hace más que apretar su funda, los otros oficiales ni se percatan. “No van a hacer nada” piensa Alejandro, aprieta esa cabilla y se dispara a correr hacia la paciente.

Si está mordí'a, está jodí'a; y si no entiende, alguien tiene que encabillarle esa idea en el cráneo.